DIARIO DE VIAJE A VIETNAM Y CAMBOYA
¡Y yo sin mi agente naranja!
CAPÍTULO 14
"Oh, great, thank you very much" (Hoi An - Hue)
Nos despertamos temprano perdidas en los 20 metros cuadrados de cama que tenemos cada una. Habíamos soñado con el desayuno del hotelazo, pero hasta que no subimos a desayunar a la terraza, con la vista panorámica de Hoi An y la vista, aún mejor, de una mesa de 500 metros llena de toda clase de comida, no nos hicimos a la idea de lo sublime que puede llegar a ser un breakfast. Empezamos a desayunar a las 9 nueve de la mañana. Lo probamos todo: los huevos fritos, revueltos, las tostadas, los noodles, las salchichas, todas las mermeladas, la fruta… Improvisamos unos pannekoekens con unos crepes con queso, miel y bacon. Llenamos los platos de croissants con chocolate, napolitanas y pastas de todo tipo. Los acompañamos de zumos, cafés y tés. Somos felices y estamos asombrados por nuestra capacidad estomacal. Eva es feliz como no lo ha sido en todo el viaje resarciéndose de todos esos tristes momentos de arroz cocido en agua pútrida. No dejamos ni las migas para los pájaros. Con la panza a punto de salir de cuentas, nos dividimos. Evita se va a lavar el pelo, Iker y yo nos juntamos para buscar un álbum de fotos y Nacho se va también de compras, pero por su cuenta.
Nuestro super hotelazo!
Aunque es temprano, el calor aprieta. Nos metemos en una tienda a toquetear todo y nos gustaron los álbumes y el precio, pero no había justo el que quería Iker, así que la vietnamita nos pide que esperemos mientras coge su bici y marcha. Tras 20 minutos, hartos de esperar, nos piramos a ver más tiendas. En otra, por fin encuentro el álbum que quería, que es un regalo para Evita, pero para dárselo en España, como sorpresa. Nos encontramos con Nacho y yo me vuelvo con él al hotel mientras Iker se queda comprando.
De camino nos para una viet super mosqueada, diciéndonos que su hermana ha ido a donde Mao encargaba sus cuellos de camisa, a por el álbum y que el «chico alto» no estaba cuando regresó. Yo le juro que no es cosa mía y que Iker volvería a por el álbum. Entonces le echa las 13 maldiciones chinas y me dice que si no volvía, que es porque es una mala persona y que no tiene palabra. Por supuesto no me descubrió nada nuevo de Iker que, por supuesto, nunca volvería a pasar por la tienda.
Llegamos al hotel y nos preparamos para darnos nuestro último baño antes de dejar la habitación a las 12. Eva empieza a hacer su mochila y yo me bajo con Nacho a la piscina. Al cabo del rato, se presenta Iker lleno de bolsas diciendo que ha vuelto por otro camino por si aparecía la china de la tienda. Estamos en remojo cuando, de repente, notamos una presencia, y entonces LA VEMOS. Una mantis religiosa, de grande casi como mi antebrazo. Gritamos como las 3 niñatas que somos, mientras la vemos hundirse en el agua de la piscina. Pero no puedo dejar morir a este ejemplar y empujo al borde de la piscina hasta que se engancha con sus patorras al borde. Salimos corriendo para estar bien lejos cuando se le pasara el colocón de cloro. Después del susto nos tumbamos al sol. Entonces aparece una una avispa gigante. Pego un salto, me resbalo y me meto una hostia con las tumbonas. La gente y mis “amigos” se despollan. De recuerdo un cardenal del tamaño de Arizona.
Los albóndigos en remojo, pero, ¿qué coño hace Iker en ambas fotos?
Hacemos el equipaje y esperamos en la recepción al autobús. No llega y me aburro así que salgo a darme una vuelta rápida por el mercado. Voy y vuelvo corriendo. Me he comprado una papaya gigante y 2 paquetes de té. El bus se retrasa, así que decido comer un poco de papaya para hacer tiempo, pero ¡está llana de hormigas! La limpio y le hinco el diente. Es lo más desaborío del mondo. ¡Demonio de país!, las frutas tienen tanto color como ausencia de sabor. Por fin llega el bus. Una abuelilla nos pide la botella de agua que llevamos y se la regalamos. Estamos a punto de regalarle la papaya, pero viendo que sólo le queda un piño nos da pena que se lo deje royéndola. Nos sentamos en los asientos desvencijados del bus. El aire acondicionado es como el pedo de un marica (que nadie se ofenda, viajamos con dos de ellos y nosotras tampoco somos el paradigma de la heterosexualidad).
Tras una hora de viaje, llegamos a Danang (a 30km de distancia ). De repente, el autobús empieza a ir muy despacio. Todos flipando. Empieza a dar vueltas hasta que por fin se para enfrente de un taller. ¡Hemos pinchado!
Nos bajamos todos para no morir de calor en ese infierno de autocar y entramos en un bar ¡donde no había nada! Diox, es que no vendían ahí ni una miserable lata de coca-cola. Al final Evita y yo nos compramos una bebida de zumo de nido de golondrina (lo juro por lo más sagrado a este lado del río Tigris, que eso es lo que ponía en inglés en la lata). El sabor, indescriptible. Nos sentamos a ver como cambiaban la rueda. 7 chinorris necesitaron dos horas para colocar la nueva rueda. Queremos morir.
La desolación
El trabajo
La esperanza
Por fin nos ponemos en marcha. Paramos en un hotel de Danang donde suben unos italianos. Están más cabreados que una mona por el retraso. Pero el verdadero mosqueo se produce cuando ven que no hay asientos para todos. Montan el pollo. Al cabo del rato se bajan unos chinorris y se acoplan en su sitio. El padre de familia se sienta con nosotros. Es muy salao. Se caga en la hora en que se le ocurrió venir a Vietnam desde la bella bota. Nos cuenta que vienen de Tailandia, donde vivieron la noche del terror a bordo de un autobús donde el conductor se dormía constantemente. Dice que todo el mundo tosía y daba palmas de vez en cuando para despertarlo. Él y nosotros ignorábamos que íbamos a experimentar el pánico otra vez.
El terror comenzó nada más entrar en la montaña. La carretera delante. A la izquierda la montaña. A la derecha, cientos de metros más abajo, el mar. De repente, el paisaje cambia: a la izquierda sigue la montaña, a la derecha, cientos de metros más abajo, sigue el mar, enfrente, ahora lo que hay es un camión ¡¡¡Diox!!! Todo el mundo grita. Sobrevivimos. Cada curva era más cerrada que la anterior y más abierta al abismo, y la velocidad no disminuye. Tampoco el número de camiones que nos encontramos de frente. Lo estamos pasando fatal. Eva empieza a gritar: ¡Escandinavia! Los italianos corean: ¡Escandinavia! No se nos ocurre un lugar mejor para templar los nervios el próximo verano después de tan terrorífica experiencia. Al bajar la montaña la cosa empeoró, porque el conductor al ver que llevaba un retraso de cojones, empezó a pisarle a tope por esas carreteras de opereta. A un lado vemos un cementerio: “Turisti!”, grita el italiano. Nos descojonamos. Tras 7 horas de viaje surrealista, llegamos a Hué. No sabemos que lo que nos espera es el colmo del surrelismo.
Era un bonito atardecer, ideal para morir XD
Son las 9 de la noche. Tenemos que ir caminando al hotel, porque nos dejan en Parla. De camino, nos descojonamos imaginando que las del hotel no nos han hecho el encargo de comprarnos los billetes para Saigón, lo que sería una verdadera putada porque tenemos que salir esa misma noche. Aún resuenan en mi cabeza las palabras de Iker: “¿Os imagináis que tenemos que pasar una noche más en Hué?”. Nos reímos porque sabemos que algo así no va a suceder, habida cuenta de que les adelantamos la pasta y les dijimos unas ocho mil veces que nos compraran 4 billetes en couchette de lujo, ya que 20 horas de trayecto no son moco de pavo.
Entramos en el hotel. Nuestras mochilas están amontonadas en la recepción. Nos dirigimos al mostrador: «Buenas noches». –“Eh… eh…eh… no train… no train... no tickets… eh…eeeh… no train tonight”, tartamudean. No puede ser verdad… ¡¡¡NO PUEDE SER VERDAD!!!! ¡Y yo sin mi agente naranja! Lamento no ir cargada de bombas para inmolarme allí mismo. Lamento no llevar la mochila llena de plutonio para causar una masacre en aquella recepción que dejara secuelas durante al menos diez generaciones. Me cabreo, me sulfuro, me pongo hecha un «obelisco» e Iker un «asterisco». Me invaden los instintos asesinos: «¡¿Cómo que no tenéis los billetes?!». Como respuesta obtengo un pantallazo.
La recepcionista se queda con la boca abierta, mientras gira la cabeza y pone la mirada perdida hacia el otro lado. Y yo, yo… me quedo con ganas de darle una hostia para resetearla. Ante un interlocutor en ese estado de hibernación, no puedo hacer otra cosa que descojonarme mientras al tiempo me invade la ira. Iker, que sigue hecho un «asterisco», se hace cargo de la situación. Eleva los brazos al cielo, muy melodramático, mientras grita: «¡OH GREAT, THANK YOU VERY MUCH!!!» Y yo, que le veo indignado perdido, me descojono por dentro mientras intento mantener el tipo. Iker repite una y otra vez las mismas frases y la recepcionista, que ya no está en pantallazo, tartamudea cada vez más, pero Iker le corta: “SO?” . Lo único que se le entiende es «NO TRAIN, NO TRAIN, NO TRAIN». Nacho sale a fumar. Soraya está sentada en un sofá descojonada, pero temiendo que yo me vaya para coger el primer avión hacia occidente que pasara por Danang (claro que también era imposible llegar). Llega la otra recepcionista, la que llevó a Nacho a la estación en moto para que le señalara con en dedo el billete que queríamos. Más claro, agua. Pero en Vietnam el agua es del color del río Mekong: marrón diarrea. La otra recepcionista trata de explicarse diciendo que no quedaban plazas para nuestro tren nocturno. Las muy putas habían comprado los billetes que les había salido del chete para un tren para el día siguiente, que tardaba 24 horas, en el que se iba sentado con 8 millones de vietnamitas, y por supuesto, separados. Ese era el bonito tren del que se habla en las guías que suele ser blanco de las pedradas de los niños y de los robos de los viet-choris. Nos cagamos en todos los gorros-cono de todas las dinastías pasadas y futuras que hubieren pisado Hué y decidimos salir a solucionarlo nosotros mismos.
Así que propulsados por el cabreo, con los billetes que no queríamos de la mano, salimos a buscar una agencia. Pero, claro, no hubo agencia que nos solucionara nuestros problemas de guiris, las agencias vietnamitas no están para esas cosas, sólo están para cobrarte por adelantado y hacer lo que les sale de la punta del cimbel.
Aún más indignados por nuestro sino, decidimos que lo mejor era presentarnos en la estación. Teníamos prisa, mucha prisa, por solucionar aquello y salir pitando a Saigón. ¿Cogimos un taxi, una ambulancia, un reactor? No, tomamos un ciclotaxi: «¡Rápido, a la estación!«. Después de discutir si nos metíamos los cuatro gordones en un ciclotaxi uniplaza, decidimos coger dos, tirando la casa por la ventana. Yo me monté con Iker, mi marido. Soraya con Nacho, el suyo. Nuestro ciclotaxista pedaleaba bastante rápido. Iker y yo íbamos despollados. El cabreo se estaba tornando en descojone absoluto con cada pedaleo. Todo era surrealista. De repente giro la cabeza y veo al ciclotaxista de Soraya y Nacho medio kilómetro por detrás, con la lengua fuera. La estampa era maravillosa: Soraya, toda grandona, en el regazo de su pobre maridito, Nachín, y el taxista cargado con el peso de tan lozana hembra y su sufrido esposo. Por supuesto nos preguntábamos que si estábamos de “honey moon” y por supuesto respondimos que sí. Una luna de miel así y divorcio fijo a la vuelta.
Llegamos a la estación y asaltamos a la de la ventanilla que no sabe ni de la existencia de Inglaterra. Por suerte hay varios delincuentes juveniles que sí que hablan algo de inglés y nos amontonamos todos en la ventanilla. Al final conseguimos unos billetes en litera para un tren que sale a las 8 de la mañana del día siguiente a Saigón. Los delincuentes juveniles gritan jubilosos y nosotros también.
Más tranquilos, cogemos un taxi y nos vamos hacia el único sitio de Hué donde habíamos sentido amor, en la venta del sordo. Nos recibió con los brazos abiertos y nos colocó en la terraza donde habíamos comido 2 días antes. Repetimos sus deliciosos rollitos con salsa de cacahuete, mientras nos íbamos dando cuenta del surrealismo de la noche literalmente llorando de la risa. La estampa de Iker y su “GREAT, THANK YOU VERY MUCH!” nos acompañará durante décadas, lo mismo que la ya proverbial “cara de Hué” de la recepcionista en pantallazo. Lo genial del asunto es que las de la recepción no entendían por qué Iker parecía enfadado y les daba las gracias al mismo tiempo.
Porque en Vietnam todo es un ATRACO!!!
Después de cenar nos despedimos del sordo (aunque no descartábamos comer allí una tercera vez al paso que iban las cosas) y nos fuimos andando al hotel, donde, claro, les teníamos que pagar una noche más. Negociamos que nos rebajaran el precio ya que estábamos allí por su incompetencia. Nos empeñamos en que nos dieran una habitación de 4 camas. Las chinas cruzaron entre ellas sus miradas de Hué e insistieron que en cogiéramos 2 de 2 porque no había de 4, pero nosotros nos pusimos burros con que queríamos una de 4 o una de 3 para juntar las camas. Fliparon. Pero después de haber cenado, nuestra única neurona nos alertó de que las dobles costaban 7 dólares cada una y la triple 13. Total de ahorro: 1€. Bajamos indignados por nuestra propia estupidez a la recepción donde ahora había un chico que nada tenía que ver con las locas de antes y que no hablaba apenas inglés. Después de volverlo loco nos dio otra habitación.
Ahí comencé a conocer a la auténtica e intrépida viajera Soraya. Tenía miedo por alguna extraña razón, a la puerta del baño que tenía un cristal y por el que ella veía pasar gente. Así que opté por dejar encendida la luz del baño, pero la solución fue peor porque ahora la puerta se veía roja. Así que junté las camas para que la niña no tuviera miedo y me dejara dormir en paz, mientras dos millones de hormigas piconas invadían nuestras mochilas. Aún descojonadas, nos dormimos.