15* ¡Y yo sin mi agente naranja!

DIARIO DE VIAJE A VIETNAM Y CAMBOYA

¡Y yo sin mi agente naranja!

CAPÍTULO 15

El bautismo de sopa (Hue-Saigón)

Madrugamos a las 7 para salir zumbando a la estación y coger el tren de las 8 que nos llevaría a Saigón (Ho-chi Minh City, pero nos gusta más Saigón y la vamos a llamar así, que suena como más exótica y colonial) 20 horas más tarde, ¡oh yeah!. ¡Qué bien! Nuestras mochilas están invadidas por una plaga de hormigas que tardamos 10 minutos en sacudir, ver para creer. Al menos son hormigas y no cucas portentosas, ¡aaarg!

Las recepcionistas del hotel estaban encantadísimas de perdernos de vista (no tanto como nosotros a su país entero) y echamos a andar a la estación, que ya sabíamos cómo llegar y todo. De camino vimos a un tío en ciclotaxi que transportaba una farola. Creo que es uno de los momentos del viaje de los que más me arrepiento de no tener una foto porque era surrealista a más no poder.

Llegamos a la estación, donde nos sorprenden con la grata noticia de que el tren llegará 4 horas tarde debido aún al tifón y a que los trenes llevaban días de retraso. El tipo que nos dio la buena noticia era un guiri que llevaba esperando un tren desde las 5 de la mañana y que también se le había retrasado miles de horas. Nos dijo que había cogido un avión desde Da-nang porque estaba hasta los cojones.

Desolados, y pensando que no saldríamos de Hué en la vida, nos fuimos a desayunar a los chiringuitos que están frente a la estación, que tenían un porcentaje de podredumbre del 95%. Pedimos unos arroces y demás, mientras millones de vendedores se acercaban a la mesa a ofrecernos toda suerte de artículos. Una viejecilla vino varias veces a ofrecernos abanicos hasta que el dueño del bar sacó un palo para espantarla a ella y a todos los vendedores de un plumazo. Jamás vi a una anciana cargada de pai-pais correr tanto.

Hasta el chete de que las moscas nos estuvieran devorando y viendo que los minutos pasaban como décadas, decidimos dejar las mochilas en la consigna de la estación y darnos una vuelta a ver si encontrábamos algo interesante que ver en Hué. Tras 10 minutos andando, Iker dijo que pasaba de ver más veces ese infierno de ciudad y que se quedaba dibujando en las escaleras de la estación y Nacho dijo que volvía al hotel a usar el baño que tenía una urgencia. La cara de las chinorris de la recepción al verle aparecer de nuevo por allí tuvo que ser de epopeya.

Total, que Eva y yo nos fuimos a andar. Recorrimos las calles de siempre y llegó un conductor de ciclotaxi. Era muy simpático y poco más y nos coge en volandas y nos mete en el trasto. Nosotras rehusamos porque no nos apetecía, pero el tipo era muy gracioso y acabamos accediendo.

Nos hacemos fotos en las que parecemos retrasadas y que no subiremos ni de coña, mientras el tipo nos iba explicando los monumentos de Hué: el cine, la escuela de sus hijos, el instituto, el estadio de fútbol… Si ese tren no sale pronto nos suicidamos. El tipo cumple su palabra y nos deja en la estación a las 11.45, allí vemos a Nacho e Iker que nos obsequian con la buena nueva de que el tren se retrasa de nuevo hasta las 2. ¡Queremos morir!

Volvemos a los puestos que están frente a la estación a comer otra vez (aunque no tenemos ni hambre) y todos vemos, menos Nacho, a una mujer que había absorbido ella sola la radiación de gas naranja destinada a todo una aldea de irreductibles vietnamitas. La pobre mujer en vez de cara, parecía que llevaba el puzzle de Mr. Potato mal montado. Le acompañaban dos monjudas e iba vestida de morado. Pobrecilla. 

Iker se pide un arroz con huevo que huele peor que la fosa séptica de Mao. Se siente envenenado nada más comerlo. Tras comentar los horrores de la guerra y comidos de nuevo por las moscas, Eva y yo decidimos dar otro paseo, ya no sabíamos ni que hacer y estábamos empezando a odiarnos los unos a los otros.

Nos metemos en un mercado al lado del río donde los viets están de siesta. Todos tumbados en las cosas que vendían, ropa y demás historias, porque literalmente no había un milímetro cuadrado de espacio que no estuviera ocupado por algún género. No entraba apenas luz y el espacio entre puesto y puesto era más estrecho que el canalillo de Sabrina. Y de repente, pasamos por una zona en la que huele a mierda que casi nos tira para atrás, debía ser que al vendedor no le molaba dejar la tienda sola y tenía un orinal lleno de mierda escondido debajo del mostrador. ¡Huimos, era absolutamente repugnante!

Volvimos corriendo a la estación donde al menos se respiraba aire puro. Eva estaba a punto de inmolarse en la sala de espera cuando dijeron algo en vietnamita por megafonía. No entendemos. Nacho decide levantarse e ir a preguntar a alguien. Vemos que se dirige a hacia alguien que nos resulta familiar: una mujer de morado y 2 monjas sentadas de espaldas a nosotros. ¡Coño, Nacho va directo a preguntarle a la señora de la cara deforme! ¡No será capaz…! ¡Diox, no!

¡¡¡DIOOOOOOOOOOOOOOOX!!!

La mujer se gira hacia Nacho y éste, a pesar de mantener el tipo, palidece. Con la cara descompuesta, Nacho viene hacia nosotros: “¡No os podéis imaginas cómo tenía la cara esa mujer!” Para variar, Nacho en la parra. Aún así viene con información valiosa y varios años de vida menos: el tren llegará en 15 minutos. 

Salimos al andén. ¡Qué emoción!  Notamos el temblor de las vías y ese silbido que anuncia que el tren se va acercando, no nos lo podemos creer. Vemos el humo de la chimenea, ¡¡¡Siiiiiiiiiiiiiiiii!!! Y por fin, el tren de la unificación, llega a Hué.

Subimos al tren entre una troupe de americanas gordas que no sabemos muy bien que demonios hacen en Vietnam con las pintas de vestidos de flores y cholas de dedo que llevan. Evidentemente van a por los compartimentos pijos que sólo nos podemos permitir los turistos. Nos instalamos, sin pena ni gloria, y vemos que volvemos a correr el riesgo de morir congelados como en el tren de Sapa, especialmente los sufridores que dormimos en las literas de arriba, ¡ay! Por suerte nos dan sábanas limpias y los inquilinos anteriores se han dejado unos mini tetra brik de soja que nos apresuramos a buitrear mientras vemos como la lluvia se estrella contra los cristales de la ventanilla.

Estamos ahí entretenidos hablando de cualquier cosa, cuando llega un tipo con bandejas. No habla ni papa de inglés, pero intuimos que era el rancho. Lo abrimos, no huele nada bien. Lo probamos y es aún peor. Lo único medianamente comestible es el arroz y algo que parece pollo. La sopa traspasa todas las fronteras de lo pernicioso para la salud. Evidentemente es de nuestras queridas espinacas de agua. Eva deja intacta la bandeja y los demás nos apresuramos a carroñear lo que malamente se podía comer, y es que el aburrimiento es muy malo.

Al cabo del rato de ofender a nuestro sentido del gusto, regresa el tipo. Estamos cada uno en su litera y se las vamos pasando. Nacho es el último y en ese momento el tren da un tirón, el tío tropieza y en unos segundos, que se nos hicieron a cámara lenta, nos deleitó con un número funámbulo-malabarista que acabó con las 3 bandejas por los aires para irremediablemente caer en la litera de Nacho y empapársela toda de esa podredumbre de sopa que habíamos dejado intacta.

Estallamos a reír estrepitosamente, cosa que mosqueó mogollón al tío que murió del corte y que no podía dejar de balbucear mil perdones a Nacho. Nos descojonamos y seguimos haciéndolo hasta que vino a traer sábanas limpias, cosa que nos granjeó más odio aún. Ni que decir tiene que el pobre hombre no volvió después y que por listos nos quedamos con el horroroso olor de la sopa las 20 horas de tren que aún nos quedaban. Pero seguíamos descojonándonos. Nacho puso cara de resignación y optó por llevarse un buen recuerdo del tren fotografiando el paisaje.

Al cabo de las mil horas, llegamos a Da-Nang y vimos varios turistas tan hasta los huevos como nosotros, pero alegres porque por fin estaban cogiendo el tren, y a una viejecilla que estaba recogiendo las sobras de las comidas infernales (sopas incluidas) en mitad de un andén. Realmente nos dio pena la mujer, diox. 

Hablamos un rato más mientras nos maravillábamos de los preciosos paisajes de Vietnam, bajo ese cielo tan gris que tan cerca estaba de convertirse en negro y sobre las 8 o así ya estábamos aburridos y es que Vietnam trataba de acabar con nosotros a cada momento, ¡pero resistíamos! Eva se tomó dos frenadoles que se habían solidificado. Nos sobamos.

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