22* ¡Y yo sin mi agente naranja!

DIARIO DE VIAJE A VIETNAM Y CAMBOYA

¡Y yo sin mi agente naranja!

CAPÍTULO 22

El palacio real (Bangkok)

Tras la cola matutina al cuarto de baño para celebrar el malarone, decidimos cambiar la habitación de 4 por 2 dobles, así teníamos más “libertad de movimientos y cagamientos”. Así que mientras bajábamos a desayunar, hicimos el cambio en recepción. Amo estar de vacaciones porque me pego unos desayunos…. Uf, esos fideos a primera hora de la mañana son gloriosos.

Trasladamos todas las cosas a la habitación nueva y salimos a ver el templo que glorifica cualquier «todo a 100 que se precie»: el Wat Phra Keo. Lo malo: nos habían dicho que el monarca no iba a estar muy contento de ver lomos y chistorras por sus dominios, así que teníamos que entrar con mangas apropiadas en ese día de bochorno intempestivo. En fin, a mí no me gustaba verle el jeto por toda la ciudad y no me quedaba otra ¬¬.

El Wat Phra Keo es un recinto de templos donde se supone que vive el monarca tailandés y todo su séquito, ministros y demás.

Un rinconcillo

Pagamos los 6 euros que nos costó la entrada y nos dieron 4 entradas que no sabíamos muy bien para que servían. Nacho pasó del tema y optó por irse a dar una vuelta por la ciudad. Había miles de turistas y el calor era, para variar, algo sobrenatural.

Empezamos a ver unas salas decoradas con unas pinturas al fresco cachondísimas.

Eran como historias de guerras de unos con otros pero se metían los dioses a dar por culo y metían unos monstruos para dar más culo todavía a los humanos, que sólo se preocupaban de ligar y asesinar. Tendría que haberle hecho miles de fotos pero me daba palo.

Los señores malvados jodiendo a los tailandeses antiguos xDDDDD. No puedooooo xDDDD

Luego empezamos a ver toda la morralla de templos llenos de pedrería, dorados… más caducos que los sanjacobos de Belén Esteban y cimborrios que dejan las horteradas del «todo a 100» a la altura del betún. A mi madre le hubiera encantado, y nosotros, que en el fondo somos un público agradecido, nos gustaba también.

Unos templos si eso…

Entramos en la parte sacra del recinto a ver a no sé que Buda. Estaba llenísimo y tuvimos que dejar los zapatos fuera porque intentamos entrar con ellos en la mano y nos pitaron un penalti. Qué corte, el guardia persiguiéndonos pitando. Dentro oímos a un guía decir que rezaban sentados de medio lado porque está feo que los pies apunten a Buda. Se les va. Al salir nos veíamos a hostias porque no íbamos ni de coña a dejar propina y ya nos veíamos andando descalzos al D&D Inn (el hostal), pero al final recuperamos las cholas.

El único problema era que había un solo toilet para todo el recinto, que era bastante grande, y el esperar hasta el último minuto es lo que tiene. Cuando entramos, confundimos una portentosa con lo que creíamos era una turista adinerada de Gambia, al menos en cuanto a dimensiones, negrura y brillos se refiere. Casi lloramos, pero sólo nos quedaba día y pico para volver a nuestras mini cucarachas caseras tamaño mediano que tanto añorábamos.

Y seguíamos ahí paseando al sol y haciendo el mongolo. Se nos acabó el agua y tuvimos que ir a un puesto de allí a comprar algo. Estaba todo agotado menos unos batidos de chocolate que resultaron estar buenísimos y a un precio de risa. Entramos en el salón del trono de no sé quién y sólo era un salón y un trono. Nos aburrimos.

Nos quedaba poco palacio y nos asaltaron unos de algún congreso o algo a hacerse una foto. Se la hizo Iker. Nos descojonamos porque ellos empezaron a reirse también. Es increíble lo ceremoniales que son los orientales, juas. A la salida nos encontramos con otro grupo que se estaba haciendo una foto con un cartel de “Bienvenidos al palacio real de Bagkok”.

Estos son los de dentro

Fuimos saliendo pensando invertir las 3 entradas que nos quedaban pero no encontramos donde y pasamos. Salimos del Wat Phra Keo y nos reunimos con Nacho, ¡qué hambre!

Estuvimos paseando por un mercadito y decidimos coger un tuk tuk para irnos a un súper centro comercial a comer y a comprar. Tras un férreo regateo, nos convencieron de llevarnos a unas joyerías a que les dieran los bonos de gasolina. Hicimos el paripé con nuestras honey moon y el tacaño de mi marido Nacho pasó de comprarme un anillo con un corazón por más que le supliqué. ¡Malditos hombres! Le va a zurzir los gayumbos su madre que es mi suegra.

Tras la comedia romántica que tuvimos que interpretar 3 veces y acabar hartos por ello, les dijimos que nos llevaran de una puñetera vez al centro comercial, y allí nos dejaron. Comimos en una especie de fast food unas movidas con arroz y nos fuimos de tiendas. Compramos mil camisetas para vender aquí y financiarnos el viaje. Estábamos flipando con los precios . Nos dividimos y Eva se fue a mirar cámaras. Quedamos debajo de un medallón del rey de Tailandia y a la hora acordada no apareció. Estuvimos alternándonos esperándola mientras comprábamos y regateábamos unos y otros y la muy perra no aparecía. A la hora, apareció, con un cabreo de mil demonios puesto que nos había estado esperando debajo de otro medallón del rey idéntico al de donde habíamos quedado.

Le hubiera gustado matarnos, pero no había sido nuestra culpa.

Al lado del centro comercial, bajo las vías del Sky Train

Acabamos las compritas. Teníamos un dolor de cabeza infernal y ya estábamos de chinos, compras y luces hasta el chete. Huimos de allí cogiendo un tuk-tuk y nos dejó en Khao San Road de nuevo. ¡Nuestra última noche! Camino del hostel vimos lo que no nos acabábamos de creer: un carrito con insectos garrapiñados, ¡diox! Cucarachas, larvas y saltamontes. Te enseñan a pelarlo y ahí que te lo embutes. Puag.

Dejamos nuestro botín en las habitaciones e Iker y yo volvimos a ver si interceptábamos el carrito pero no tuvimos suerte y yo dudo que hubiera tenido huevos de tomar saltamontes con gabardina.

Nos dimos una vueltecita y empezamos a madurar más seriamente la idea de hacernos unos tatuajes, juas, juas. Volvimos al hotel e Iker y Eva decidieron darse unos masajes tailandeses.

Nacho y yo bajamos a comer algo y a tomar unas cervezas. Encontramos unos tallarines riquísimos y unas latas y nos subimos a la pagoda de la azotea del hostel a ver cómo les iba a estos. Nos encontramos a los 2 tirados con los ojos cerrados y una china encima de cada uno pisándoles. Les preguntamos y como parecía que les molestábamos, nos fuimos airados a por más cervezas ¬¬.

Cuando acabaron, nos dijeron que vaya voces que habíamos dado que casi mueren de vergüenza. Qué altaneros se ponen los amigos al tener chinas a su servicio. Decidimos subir a la gloriosa piscina de la azotea del hotel y refrescarnos una vez más. El agua volvió a dejarnos los ojos como a Hello Kitty, pero era guay estar ahí en esa última noche de vacaciones. Imitamos a la mariposa meona de Cat Ba. Había sido un viaje inolvidable.

Dimos una vueltecilla tras ducharnos y nos sentamos en un pub que tenía buena pinta. Al segundo se pusieron a recoger las mesas y nos tuvimos que ir ¬¬. Decidimos comprar unas cervezas y tomárnoslas en la calle pues ya estaba todo cerrando y las calles se llenaron de gente de mala catadura. Un pavo me ofreció una tarjeta clandestina de un Pussy Show. 12 dólares con consumición y podías ver a una chinorris sacándose y metiéndose en el chete toda clase de ítems. Pasamos porque nos daba miedo de donde pudieran llevarnos (nos habían advertido que a veces eso era un señuelo para desvalijar a los pervertidos incautos). Lo que nunca comprenderé es por qué a pesar de ir con dos tíos me lo ofrecieron a mí ¬¬.

Nos fuimos a dormir porque ya se acababa todo. Era el último día que nos dábamos las buenas noches en Bangkok.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

nuestra agencia

únete a nuestro
newsletter

Viajes increíbles, consejos, inspiración, vivencias y mucho más.