DIARIO DE VIAJE A VIETNAM Y CAMBOYA
¡Y yo sin mi agente naranja!
CAPÍTULO 21
Una cuca en mi chancla y un puzle de 3 piezas (Angkor Wat - Bangkok)
Eva y yo nos despertamos temprano. Tenemos que recoger la colada para luego hacer las mochilas. Por la tarde tenemos el vuelo a Bangkok. Estamos muertas de hambre así que nos vamos a desayunar a la terraza de enfrente, mientras los del hotel nos preparan la ropa limpia. Mientras esperamos el rancho, bajo la atenta supervisión del geranio del maitre, somos testigos de uno de esos instantes insólitos que hacen que lamentes de por vida no haber tenido la cámara en ese momento. Un gatito gris de rayas persigue un ratoncito. De repente el gato y el ratón se quedan inmóviles, mirándonos. Flipamos, no se mueven. El gato tiene su desayuno bajo la pata y ni se inmuta. El ratoncito tampoco. No sabemos si están jugando a las estatuas o qué. De repente, el jodío ratón echa a correr y se escapa. El gato se queda sin desayuno.
A los pocos minutos llegan Iker y Nachín y se sientan a desayunar con nosotras. No volvemos a ver al gato y al ratón, habrán desaparecido, quizá devorados por una planta carnívora que sale de un cuello de un camboyano. Después de esperar mil horas por la mantequilla y la mermelada y dejar las mochilas en la recepción del hotel, ponemos rumbo a los templos, de los que hoy ya nos despedimos.
Iba a ser el día de los insectos gigantes. Al entrar en el recinto del primer tempo se nos acercan unos niños camboyanos que espantamos, porque estamos ya bastante hasta los cojones de su “wan wan wan”. En el suelo asistimos horrorizados al descuartizamiento en vivo de una escolopendra de unos 25 cms que se retuerce, mientras se la llevan en raciones, un ejército de hormigas rojas. Huimos, no sea que las muy putas se fijen en nosotros.
El templo, de cuyo nombre no puedo acordarme, es “parecido” a Ta Promh. Es muy grande y nos perdemos en él un buen rato. El calor aprieta de lo lindo y Eva nos recuerda frustrada el parecido de su pelo con una coliflor fucsia. Me gustaría contaros algo más interesante, pero por una vez paseamos cual resto de turistas, sin ninguna clase de desgracia, que a veces hasta es de agradecer. Vimos una araña gigante que no nos hizo ni caso, felizmente y al caracol más grande que he visto en mi vida. Una pena que fuera sólo la concha, porque fijo que el bicho era como una lengua de vaca, ¡diox!
La despedida de Angkor Wat, pasaba irremediablemente por volver a ver Angkor Wat (el templo), que nos regaló el arcoiris más bonito del mundo y el momento más mágico del viaje. Pero antes de llegar hacemos detener los tuk-tuks para ver de cerca de los cabezones sonrientes. Nos creímos los Beatles. Los conductores se despollaban.
Hoy hacía un sol radiante, a diferencia de las últimas tormentas con adorables finales, que habíamos vivido allí. Eva nos mandó a escardar y se quedó en la entrada, porque le apetecía tanto subir escaleras como hacerse amiga de Ana Obregón. Nosotros nos armamos de valor y arriba a saco, y… a pesar de tener que subir esos escalones con la muerte y su guadaña dándote golpecitos en el hombro, las vistas eran una preciosidad y no podía merecer más la pena, joder. Toda la selva a tus pies, todo el cielo desnudo encima de nuestras cabezas y todo un precioso horizonte por el que lloramos por volver a ver, ¡ay! ¡Y encima había un mono! Por fin vimos de cerca el mono tan ansiado durante el viaje que se nos negaba a cada momento XDDDDD.
Le hicimos mil fotos debajo de un pupitre que no sabíamos muy bien que hacía allí, despiojando a la guardia, tratando de tener conversación con un camboyano medio delincuente. Y llegaron una parejita de italianos. El tipo se puso a acariciarle mientras la tipa le hacía una foto con el jodío mono, pero cuando se acercó ella, vaya tela XDDDDDD. Parecía de repente que le habían echado salfumán en los cojones al bicho, se pilló un cabreo de la hostia y se puso a gritar y resoplar y tratar de tirarse contra ella. La chica retrocedió espantada y el camboyano le dio un pescozón que hizo que el bicho se callara y volviera a despiojar a la guardia XDDD. Nosotros estábamos en nuestra tinta recorriéndonos la “azotea” del templo. Había bastantes turistas y vimos a uno que estaba tirando 80 millones de fotos con 80 millones de cámaras diferentes a un grupito, nos descojonamos.
Salimos. Eva nos odiaba porque dijimos que tardaríamos poco y habíamos tardado miles de horas, pero era irrestible el querer hacer siempre una fotito más… a las cúpulas, a la selva, al momento. Salimos de Angkor prometiéndonos volver y algo tristones pensando que después de la joya del sudeste, poco nos quedaba por ver. Volvimos a la gasolinera a comer, porque no podemos ser más pavisosos. Nos acicalamos un poco en los baños y comimos rápidamente para salir pitando a hacer compras de forma compulsiva en el mercadillo.
Gastamos nuestros últimos rieles y varios dólares más en las últimas compras, incluyendo una mochila North Fake por 9 dólares. Iker pilló unos Rolex por 30 euros que nada tenían que ver con los Tolex de Bangkok y la verdad nos quedamos con las ganas de muchas más cositas para poder montar un Asia Home aquí y poder timar a todo el mundo cobrando 50 veces el precio.
Iker y Eva se dedican a comparar precios y a intentar estafar a los magos camboyanos de la estafa, fingiendo escandalizarse por los ridículos precios que les piden. Iker y Eva hacen tanto teatro como los tenderos. Pero llegó el momento de la verdad. Iker, siente repentinamente unas cosquillitas en su dedo gordo del pie. ¿Será esto lo que se siente al conseguir llevarte una ganga? Pues no, es lo que se siente cuando una cucaracha portentosa de 10 cm se mete en tu chola, justo debajo de tu dedo. Iker pega un brinco, agita la pierna como intentando desencajarla de su cadera. ¡“Aaah, una cuca! Tengo una cuca en la chola»! Las camboyanas se despollan, Eva se despolla y grita a la vez. Iker grita, él no se despolla. Por fin la cuca polizonte sale disparada de su chola para meterse corriendo en una tienda. Las tenderas la persiguen para pisarla. ¡Diox! ¡Qué ascazo! Las del mercadillo siguen descojonadas de ver cómo el gran hombre occidental, de casi dos metros de estatura grita como una nenaza y se empeñan en aplastar a la bicha, no porque les moleste, sino como deferencia hacia un posible cliente.
Repuesto del susto, Iker supera su amago de infarto entregándose al consumismo más feroz mientras yo empezaba a encontrarme fatal. Como la mejor manera de recuperarme de mis males es comiendo, me pedí una sopa de espinacas de agua (gracias por recordarme ese momento que había conseguido olvidar, frescaza ¬¬) mientras Eva y Nachín se deleitaban con una coca-cola caliente de cuello de botella oxidado (al menos ponían pajitas) para conseguir paliar ese calor infernal de allí dentro. Al acabar compramos pañuelos, bolsos, monederos y hasta unos mini Ganeshes que nos costaron regatear diox y ayuda porque el tendero (un niño de unos 8 años que parecía un adulto de 40) no se bajaba del burro ni a tiros. Salimos de allí como los golfos apandadores después de haber desvalijado al tío Gilito.
Cargados con las compras y ya casi fuera de hora, corremos al hotel a por las mochilas y a coger los tuk tuk que nos llevan al aeropuerto. Hemos comprado tantas cosas y llevamos tantas bolsas que parecemos un par de carromatos de zíngaros. Es genial llegar a un aeropuerto en tuk tuk. Nos despedimos de nuestros conductores dejándoles propina por ser tan majos. Entramos corriendo en el Siem Reap Internacional Airport, con el cielo negro como testigo.
por fin la muy plasta de evardez se dignó ¬¬
Sonó un trueno.
Luego otro.
Otro más.
Una gota.
Treinta gotas.
Mil millones de gotas.
El cielo negro se queuiebra e ilumina con los rayos.
Nacho se estresa. Al otro lado de las cristaleras está el apocalipsis. Para colmo no puede fumar. Aprovechamos para sacar todo de la mochila y comprobar que no llevamos algún souvenir con el que no contamos. Volvemos a colocarlo todo y entonamos salmos budistas para que llegara sano y salvo todo lo que había dentro.
Al facturar, vemos que en las tarjetas de embarque pone SUBARNABUMI. ¿¿¿Cómorl???? ¡Si nosotros queremos ir a Bangkok, mozaaa! La sonrientísima azafata, con la mirada condescendiente de una madre que se acaba de hacer a la idea de que tiene un retrasado mental por hijo que ha metido los dedos en el enchufe por enésima vez a pesar de llevarse 4 calambrazos seguidos, nos responde que es el nombre del aeropuerto de Bangkok. Uf, respiramos aliviados de no acabar en una aldea malaya de mala muerte. Eva se pone a hablar con unos catalanes que le cuentan no se qué milonga de las tasas de salida. Viene a contárnoslo, pero no nos lo acabamos de creer. De hecho, nos quedan pocas perras para pasar el último día en Bangkok y esas tasas no son de recibo, así que no la creemos porque no nos conviene. En el control de pasaportes nos dicen que sí, que 25 dólares si queríamos salir de allí.
¿¿¿Pero esto qué es??? ¡Nos lo hemos gastado todo en el mercado! Nos ponemos a buscar como locos un puto cajero y acababamos cambiando dinero en una especie de perfumería de fuera del aeropuerto. Pagamos el pastizal absurdo y después el control policial. Allí los polis eran más majos que las pesetas y les pedimos que nos escribieran nuestros nombres en camboyano. Los polis nos tiraban los tejos con las miradas y sonreían con esa sonrisa enorme y blanca que tienen los camboyanos. A pesar de todo, nos vamos amando a los camboyanos, aunque en cuatro días nos hemos gastado lo que en 20 en Vietnam.
Para hacer tiempo, vamos al duty free, de donde huimos bastante rápido debido a los precios, más altos que el tsunami de Phuket. No podíamos esperar otra cosa en ese aeropuerto privado para turistas pijazos. Todo el mundo suele volver a la capital para volar desde allí, pero nosotros somos así de guays (la verdad es que hubiésemos preferido que nos metieran el buda reclinado de Bangkok por el ojete antes que volver a Phonm Phen). Eva está encantada con su hallazgo del tabaco GITANES, no se resiste a posar como Paris Hilton con el cartón.
Ya empezaba a tener mala cara, la pobre… pero sigue igual de divina xDD
Vamos a la tienda de prensa. Ojeamos todo y la tipa que la atiende se está volviendo más china de lo que es mirando a 4 españoles jeta leyendo las noticias y revistas en sus barbas. Nos dice algo como “No se puede leer aquí” a lo que por supuesto hacemos caso omiso. Estamos embebidos con un cuento para niños camboyanos, se titula algo así como: “Mi balón se ha caído detrás de los matorrales” y trata de un niño que está jugando al fútbol con sus amigos y se va la pelota a tomar por culo. El niño se empeña en ir a pesar de las advertencias de los demás chicos. Salta los matorrales y ¡BOOM! Se queda mutilado de por vida tras perder las 2 piernas por una mina antipersona de las que desgraciadamente aún hay muchas enterradas en Camboya. Al menos, el cuento tiene un final presuntamente feliz, y es que el niño encuentra muchos más niños sin piernas y puede montar su propio equipo de fútbol. Al cerrar el cuento, todos teníamos cara de Hué.
La tormenta golpeaba con fuerza los ventanales, mientras Eva empieza a ponerse fatal por algo que no sabe muy bien que es. Se sienta, está mareadísma. Yo la miro por el escote porque está tan atontada que ni se entera.
Esperamos la cola infame de los cocoon, es decir, mil abuelos que se van a hacer el Indiana Jones por ahí. La cara de Nacho ya no es ni un poema, es un chiste malo. Empieza a sudar. La cola avanza. Subimos al avión. Como somos cuatro, nos sentamos Iker, Eva y yo juntos, y abandonamos a Nacho, que está sufriendo un ataque de pánico, a su suerte. Somos así de hijos de puta. Nacho empieza a perder la color del rostro. Nos ponemos a rajar olvidándonos de Nacho. Arrancan los motores. A punto de despegar nos acordamos de él y de su pánico a volar. Le miramos, está agarrado al cinturón de seguridad como si le fuera la vida en ello. ¡Despegamos!
¿Nacho? ¿Nacho? En sus ojos no hay vida. Sólo sabemos que no ha muerto porque lo delata el temblor de sus manos. Pasan las azafatas con la cena: ¡Está deliciosa! Pero Nacho sólo intenta llenar el vaso de agua y del temblor no atina y se le sale todo. La azafata se alarma y trata de tranquilizarle no sea que le dé el ataque y se líe a hostias con el personal. Le echa agua y le trae una mantita y ¡un puzzle!
Nosotros nos descojonamos al ver a mi pobre marido en esas condiciones, aunque nos da pena. Está intentando concentrarse en el puzzle de 3 piezas para niños cuando pasan con los dichosos formularios de inmigración. El pobre trata de escribir, pero tiembla tanto que parece que esté escribiendo directamente en letras Thai. Se lo rellenamos nosotros. Está chorreando. Sigue lloviendo. Eva sigue mareadísima y está un poco de color verde. Con el color blanco de Nacho y la camiseta azul eléctrico de Iker sólo falto yo en rojo para ser los nuevos Parchís.
Tras una hora de vuelo aterrizamos en Tailandia otra vez. Nacho no ve la hora de abrir su paquete de tabaco aunque este no sea “gitanes”. Hacemos todo el trámite que ya conocemos del primer día y salimos. Nacho es feliz, aunque la angustia le recorre al pensar que tan sólo dos días después le esperaba el vuelo de mil horas de vuelta a España. Cogemos el bus a Bangkok. Estamos hechos unos zorros. Dentro del bus, el aire acondicionado es el propio de “congelados la sirena”. Nos echamos por encima los chubasqueros. No nos lo creemos, pero por fin, llegamos a Khao San Road de nuevo. ¡Ay, que 22 días antes habíamos llegado aquí mismo sin saber nada de ese pedazo de viaje que estábamos ya terminando! Vamos al D&D Inn, que habíamos reservado desde Ho-Chi-Minh. Los que están en recepción compiten por ver quién es más subnormal y nos dan ganas de matarlos, pero al final conseguimos nuestra habitación de 4 ¡yeaaah!
Subimos, Eva se acuesta porque está fatal, pero nosotros estamos deseando darnos un bañito en la piscina de la azotea y allí… ¡Diooox! ¡Silvi! Qué tremendo encontrarse casi de rebote con tu amiga a miles de kilómetros de distancia de tu casa. Me abalanzo sobre ella. No podemos parar de reírnos. Habíamos hablado, de encontrarnos en ese hotel, pero ninguna de las dos pensamos que, de verdad, llegáramos a coincidir. También estaba Tere, ambas son mis compis de capoeira. Nos pusimos a rajar como cotorros, a contarnos nuestras aventuras mientras tomábamos cervezas en la piscina de la azotea del hotel en Bangkok. Éstos insisten en ir a por comida y zampárnosla allí. También suben cervezas, aunque está prohibido. En definitiva, comiendo y escondiéndonos el alcohol, muy typical spanish. Estuvimos hablando y bebiendo luego en su habitación hasta las 3 de la mañana. Las pobres tenían que levantarse a las 5 para coger el avión, pero era un no parar.
Al final, nos despedimos, me llevé sus sombreros vietnamitas que me encargaron que me trajera yo (y que aún les guardo) y nos deseamos unos felices viajes hasta que nos viéramos en España. ¡Qué noche más especial…! y Evita, mientras, durmiendo a pierna suelta con el aire acondicionado a tope… Al menos, al día siguiente, estaría estupenda!