19* ¡Y yo sin mi agente naranja!

DIARIO DE VIAJE A VIETNAM Y CAMBOYA

¡Y yo sin mi agente naranja!

CAPÍTULO 19

El arcoíris de Angkor Wat (Siem Reap)

¡Maldita sea mi estampa! Son las 6 de la mañana una vez más. Tengo picaduras por toda mi anatomía y creo que la manta que me he puesto para evitar morir congelada del aire acondicionado ultra-fuerte que ha puesto Eva, se ha comido la mitad de mi neceser y anda olfateando la bolsita de los calcetines limpios. 

Encendemos la luz. ¡Demonio de vacaciones! Acabamos de recoger ya que hemos quedado con estos abajo a las seis y media para desayunar. Nos ponen media barra de pan con mantequilla y mermelada que nos tenemos que zumbar deprisa y corriendo porque hay un tipo metiéndonos prisa. Salen unos cuantos guiris y corremos detrás no sea que nos dejen en tierra.

Montamos en una minibús de las dos que hay confiando que no nos lleven a Yakarta por equivocación porque allí ni diox te explica nada y por fin llegó el conductor a colocar las 300 mochilas que estaban repartidas en el escaso espacio del interior del vehículo. Montamos y para en otro hotel. Pita. Esperamos. Pasan 5 minutos. Vuelve a pitar. Esperamos. Otros 5. Vuelve a pitar y pone cara de cabreo. Miramos el reloj. El autobús que nos tiene que llevar a Siem Reap no nos va a esperar y vamos a ir a parar a una cárcel camboyana por asesinato. El conductor baja y entra en el hotel. Sale. A los 5 minutos aparecen dos inglesas retrasadas más feas que pegar a un padre, que estaban acabando de desayunar. De que buena gana les habríamos metido la cabeza en el retrete más infectado de escorbuto de Phonm Penh. Al menos, les dedicamos buenas miradas de odio que fueron replicadas por un pestilente olor a sobaco. Aparte de retrasadas, cerdas.

Salimos a toda pastilla a la estación de autobuses. Allí volvieron a decirnos que las mochilas eran cosa suya, que no las cogiéramos y que nos montáramos en el autobús. Es curioso la de plegarias que te vienen a la cabeza cada vez que te sueltan alguna de estas. Compré agua a una señora en la calle. Ese viaje sin agua hubiera sido tan apasionante como meter la lengua en un agujero lleno de escorpiones. Montamos en ese autobús que estaba viejo, sucio y rancio, pero que tenía unas cortinitas adorables de perritos rosas.

No me digáis que no son adoraaables xDDDDDD

El aire acondicionado estaba en la mente de todos y en el techo de ninguno, así que entre eso y los asientos que eran de plástico imitación de cuero, se podría decir que fuimos todo el viaje como en un jacuzzi, sólo faltaban las burbujas, así que agradecimos que en Camboya no fuera típica ninguna comida con legumbres, porque sino, las hubiera habido (las burbujas, digo).

La carretera al menos era decente. Se nota que los magníficos y ancestrales templos de Angkor Watt son el 90% de los ingresos del país.

Así viajábamos tratando de echar un sueñecito que conseguimos a medias, cuando paramos en un bar de carretera donde podías ir al baño y ver a los pollitos y gallinas que allí se encontraban, muy monos ellos. Nos tomamos unas bebidas de soja por hacer el gasto y vuelta al autobús. 

El viaje era tranquilo y apacible y como tampoco se podía ir demasiado rápido, no temíamos por nuestra vida. Molaba porque ahí sí que no tienen problema en viajar el los techos de las furgonetas y cosillas así que nos llamaban la atención. El paisaje la verdad, también era muy chulo, aunque el objetivo era dormir un poquito.

Mil veces más bonito que el de Vietnam!

Sobre las dos de la tarde ya empezamos a ver que por fin estábamos llegando a Siem Reap, con los cartelones anunciando los complejos hoteleros a los que casi ningún camboyano, en sus mejores sueños podría aspirar. Atravesamos el pueblo, que es un sitio absurdo con nada de nada y paramos en lo que podría ser una estación de autobuses o una gasolinera abandonada o un plató de Apocalipsis Now y donde había mil camboyanos que no tardaron ni dos segundos en abalanzarse sobre el autocar como si fuéramos una bandeja de canapés. Nos hicimos caca, la verdad, nos recordó al final de El Perfume. Nos dijeron otra vez lo de bajarnos y prepararnos para coger las mochilas uno por uno, pero el conductor casi no podía abrir la puerta del gentío que se abalanzaba sobre el autobús gritando y alzando las manos. Aparecieron los policías e hicieron algo de sitio. Pudimos salir a duras penas, para entrar en una marea humana ofreciéndonos hotel, mototaxi, esclavitudes perpetuas y niños huérfanos. Nosotros llevábamos apalabrado un hotel, así que buscamos un tipo con cartel que ponía “EVA MARÍA” y allá que fuimos a por nuestro salvador después de conseguir rescatar todas las mochilas enteras.

Aparcamiento de mototaxis y estación al fondo

Vistas desde el tuk tuk de Iker y nacho

Nuestro tuk tukero! Detrás del casco ponía «Sexual exploit children: JAIL» o algo así

Y nosotras otra vez, que somos las musas preferidas de Ikertxu XDD

Nuestro conductor nos llevó a un hotel, que estaba al lado de un burdel y de una terraza que estaba chula para desayunar. Nos costaba 7 dólares la noche y nos parecía un sitio tranquilo y correcto, aunque cogimos sin aire acondicionado porque era más caro y creíamos que íbamos a conformarnos con los ventiladores. Dejamos todo, hicimos el check in y nos preparamos para ir corriendo a Angkor.  Regateamos con los del mototaxi, nos salían los dos días y medio que íbamos a estar por 20 dólares por cabeza a cada uno (traslado de vuelta al aeropuerto incluido).

La entrada al recinto es como la del parque de atracciones. Tienes varios pases. Nosotros cogimos el de 40 dólares que nos daba entrada libre los dos días y medio que íbamos a estar. Mola, porque te hacen una fotito y todo y es en plan carnet plastificado. Son listos, porque de la otra manera con esos calores y el tute que te das si lo hicieran de otra forma, el carnet daría asco verlo a la hora y dentro del recinto los guardas te lo piden 50 veces. Por lo visto las multas son de órdago si se te ocurre colarte. Lo primero que queremos hacer es comer. En la guía pone que podemos disfrutar de buena comida dentro a buenos precios y les pedimos a los conductores que nos lleven a algún buen sitio cerca del templo de Bayón, donde están las mil caras de Buda. ¡Allá que vamos!

Esta no es la entrada al recinto, sino a otro sector dentro del recinto

Fila de cabezones que molaba mil XDD

Entre tanta selva que teníamos para hacer foto, se la hacemos a algo que parece un prado de al lado de mi casa ¬¬

Me encantaría tener palabras para describiros la sensación que tienes al atravesar la jungla por primera vez y adentrarte en el recinto de las ruinas de Angkor, pero todo lo que pueda comentar se quedará cortísimo. El atravesar la jungla, respirando esa atmósfera pesada por la humedad, mientras vas escuchando todos esos sonidos de la naturaleza ante la cual ya se rindieron esos templos hace muchos, muchos años y de repente, una mole de piedra. A veces medio derruida, a veces más entera, llena de absaras desdibujadas por el tiempo, de sonrisas a la eternidad de un Buda por el que pasan los años, pero no la pena, de batallas olvidadas, de monjes de túnica naranja y cabeza pelada que velan porque Buda siga sonriendo al menos, un ratito más… El tiempo que tarda un árbol en apoderarse de un templo, el tiempo que tarda un cielo azul despejado en convertirse en una tormenta como una venganza, el tiempo que tarda un arcoiris en convertirse en un beso, el tiempo que tardan cuatro amigos en fliparlo, quedarse con la boca abierta y esperar que ese momento dure al menos, una mini-eternidad.

Teníamos más hambre que un centollo en Leroy Merlín, y entramos en el primer chiringuito que vimos, cerca del templo. Cogemos la carta y nos horrorizamos con esos precios. ¡¡Una hamburguesa 3 euros!!! (recordad que eso es lo que pagábamos por dormir). Despotricamos, pero no regateamos. Parecemos nuevos, a la par que subnormales. Pedimos 4 hamburguesas y 4 cocacolas y pasamos un rato infernal porque el sitio estaba lleno de avispones. Además, había un montón de niños incordio que nos estaban sacando de quicio. De hecho, la camarera que nos atendía no debía tener más de 12 años. Cuando llegaron las mini-hamburguesas comprobamos que a diferencia de la vegetación, que crece horrores con la humedad, los alimentos encogían. Total, que teníamos 4 hamburguesas liliput que nos hicieron poner cara de Hué y muchas ganas de que ardieran los niños demonio del chiringuito en el infierno.

Las hamburguesas del fraude, y nuestra cara de Hué xDDDD

Cuando acabamos en 2 segundos dada la ingente cantidad de comida, salimos disparados al templo de Bayón, que es acojonante. Dicen que se cuentan casi 200 caras de Buda en unas 54 torres. Lo que mola de estos templos es que no los ves desde fuera, sino que entras y te puedes perder por ellos. Hay bastantes turistas, sí, entre monjes budistas y los guardas que te piden la identificación, pero aún así es tremendo estar ahí disfrutando de todo ello, andando por los pasadizos y encontrándote en la oscuridad un Buda dorado con ofrendas y barritas de incienso quemándose.

Iker entra en frenesí fotográfico. 80 millones de fotos de cada piedra, y nosotros le odiamos porque se nos perdía y acabábamos hasta el chete de esperarle. Al lado de Bayón había un Buda gigante, con su túnica naranja, super sonriente, al lado de los árbolones. ¡Era genial 

De Bayón vamos a la Terraza de los Elefantes y a otro templo que está ahí al lado que tiene un pasillo inmenso. Por lo visto la restauración de Angkor ha pasado por muchos problemas desde que fue descubierto debido a la situación política del país (véase Pol Pot and friends) y sobre todo a la gran erosión a las que se ven constantemente sometidos por el clima, humedad y demás fenómenos naturales extremos. Después echamos un vistazo a los puestecitos de por allí y toda la artesanía camboyana (y cosas hechas en China, por si alguien lo duda). Eva se compró una camisa de manga larga anti-mosquitos y Nacho regateó varias camisas que por suerte, no llegó a comprar.

Eran las 5 y pico de la tarde y el recinto cerraba sobre las 7, pero no queríamos perdernos lo que recomendaba todo el mundo: el atardecer en Angkor Wat, fuimos a por nuestros conductores que estaban tan panchos echándose la siesta sin apreciar donde estaban mientras que a nosotros nos costaba pestañear para no perdernos ni un suspiro de nuestro alrededor, y salimos hacia el templo principal en nuestros mototaxis. No teníamos mucho tiempo, pero sí muchas ganas. Dejamos a los conductores y echamos a andar el largo pasillo desde la entrada hasta el templo. Había caballos en los jardines de alrededor y un montón de monjes naranjas sonrientes. Empezamos a hacer el memo en las fotos y un guiri nos amó y nos insistió en hacernos una a todos posando.

Venga, haced un poco el mongolo para mí, que dijo el guiri

El paraje del templo es absolutamente increíble, y en los colores pastel del atardecer, más aún, pero en lo que tardamos en andar la mitad del pasillo, se volvió todo negro y empezó a diluviar como he visto pocas veces en mi vida. Nos refugiamos debajo de un árbol con unos jóvenes monjes y unas guiris más esperando a que escampe. Por supuesto nos empapamos, pero ¡era impresionante esa manera de llover! Al menos confiábamos en que Buda se tirara el pisto con sus feligreses y no les mandara un rayo al árbol. Escampó y salió el sol de la misma manera que había empezado a llover. En el fondo la lluvia era una bendición porque rebajaba un poco ese calor pegajoso y así estábamos más frescos. Super felizones del momentazo, volvimos al camino principal y entramos en el gran templo, que representaba al universo entre sus escaleras, patios, columnas y tallas. Es fascinante, Iker y yo estamos que no podemos alucinar más. Queremos subir a la torre más alta, que tiene unos escalones infernales donde los guiris hacen equilibrios para no matarse, pero cuando nos toca subir, se pone otra vez a caer un chaparrón tremendo y el guarda nos lo prohibe. No pasa nada, pues aún tenemos dos días más, y aprovechamos para ver el interior mientras llueve y comentar la maravilla donde estamos.

Tras descubrir un par de salas con bajorrelieves de guerras y alguna que otra escena guarrilla y por supuesto, muchas absaras danzantes haciendo el jachondo, salimos. El sol estaba iluminando con sus últimos rayos y todo tenía un precioso destello rosa, pero lo mejor estaba sobre nosotros, y es que el abrazo de despedida del sol y las últimas gotitas de lluvia había dejado un precioso arco iris que enmarcaba las torres con forma de bulbo de Angkor Wat y que hizo que sólo por ese momento ya mereciera la pena ese viaje. Y Eva y yo nos besamos y 200 caras de Buda a la vez intensificaron su sonrisa en Bayón mientras el universo miraba de reojo incapaz de detener el tiempo en ese momento tan único e inimitable. Salimos de Angkor Wat, atravesando de nuevo la jungla y volviendo a Siem Reap a nuestro hotel. El momento mágico había acabado y teníamos hambre por siete. Decidimos cenar en la cafetería de una gasolinera donde vimos comida suculenta y buenos precios, y nos hinchamos a pizzas y guarreridas similares. No podíamos dejar de comentar el tremendo día y la verruga peluda que tenía el camboyano que teníamos al lado. Le faltaban las flores para ser un geranio. ¡Qué infierno! El geranio despertó nuestra hilaridad y ganas de hacer el mongolo. Tener la panza llena es lo que tiene.

Acabamos nuestras cenurrias y acompañé a Eva al hotel. Nosotros queríamos dar una vuelta por el pueblo, así que ella se fue a dormir. Cuando volví entramos en lo que pensábamos que era un centro comercial enfrente de la gasolinera. Era un gran mercado todo de tiendas de artesanía y souvenirs para guiris pero estaba casi vacío. Nosotros flipamos con todo lo que tenía y los precios. Eva al día siguiente iba a amarnos mazo. No compramos nada, pero hicimos una buena prospección. Los relojes de imitación eran la pera limonera, por no hablar de los pañuelos, bolsos, tallas, antigüedades, ropa. Tras dar varias vueltas y acabar descartando el seguir visitando Siem Reap, que parecía un poco comanche y más a esas horas, volvimos al hotel descartando también el tomar una cerveza en los puticlubs que teníamos de camino. Compramos agua para tomar el malarone cuyos efectos secundarios empezamos a percibir y subimos a las habitaciones. Ellos se fueron a dormir pero para Eva y para mí la noche acababa de empezar…

Cuando subí, Evita Dinamita acababa de salir de la ducha, estaba tan estupenda como atacada por el miedo del aedes aegyptus y al anópheles hembra (transmisores de dengue y malaria, respectivamente, no eran nombres de tiranos genocidas esta vez, no) así que decidimos tratar de poner la mosquitera sobre nuestras camas para tener algo menos de lo que preocuparnos. Nos subimos a la cama, intentamos engancharla en la lámpara, en la ventana… Le dimos vueltas en todos los sentidos, tratamos de usar la cuerda que yo siempre llevo de viaje… ¡No hay manera!! Al final decidimos encomendarnos a San Judas y dormir sin mosquitera.

Nos acostamos, hace un calor espectacular. De repente suena un extraño canto, parecían como maderitas golpeándose y luego decía 3 veces “Pac-cooo, Pac-cooo, Pac-cooo”. Nos despollamos. Empezamos a oír broncas, algo que parecían disparos y gente corriendo dentro del hotel, y de vez en cuando el dichoso pajarito, con su prólogo de maderitas antes del canto. Yo no me podía dormir, así que opté por bajarme al ordenador a conectarme a internet aún a sabiendas de que al día siguiente iba a morir de sueño. Llego a recepción y veo a unos 7 camboyanos y a un perro pequinés todos ellos tirados en el suelo sin alfombras ni nada viendo la tele. Me pongo en el ordenador que está al lado y mando un mail a las Españas, ¡qué ilusión! Y los camboyanos dale que te pego con su película de Bollywood made in Camboya.

Empiezo a notar cierto picor en los ojos, pero no le doy mucha importancia. Al cabo del rato entre declaraciones de amor que duran como 7 u 8 minutos de silencio entre frase y frase me subo. A la película debían quedarle unas 4 horas, porque ¡vaya ritmo! El picor de ojos empieza a resultar bastante desagradable y no tiene ninguna pinta de querer acabarse. Vuelvo a oír al pajarito, mientras Eva duerme a pierna suelta y ni se ha enterado de que me he ido y he vuelto. Me consigo dormir, no sé bien cómo… 

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