18* ¡Y yo sin mi agente naranja!

DIARIO DE VIAJE A VIETNAM Y CAMBOYA

¡Y yo sin mi agente naranja!

CAPÍTULO 18

Good bye, Vietnam. Hello, Cambodia (Phnom Penh)

6 de mañana. Despertamos. Las espirales antimosquitos han acabado con ellos y no con nosotras, como advertía el paquete que podía pasar, y más teniendo en cuenta que no teníamos ventilada la habitación. 

Salimos zumbando a tomar el desayuno antes de que se acabe. Por supuesto no está incluido en el precio. Nos dan algo de forraje de pan con mermelada y un bebedizo apestoso que pretende ser café. Van apuntando lo que pedimos en un cacho de papel y la hora de pagar nos empiezan a tocar los huevos con que si falta pasta, con que los engañamos, etc. ¡Qué huevos tienen! Las ganas que tenemos de mandar a todos los vietnamitas al diablo son soberanas. Sin haber acabado el desayuno, que engullimos como pavos, el estúpido del guía nos empieza a meter prisa, cosa que nos calienta más aún. Le decimos que “be quiet, my friend” y vamos acabando, pero sigue despotricando y nos hace meter las maletas a toda leche en el autobús. Cabrón.

El breve trayecto de 15 minutos hacia el embarcadero se nos hace eterno escuchando sus chistes malos que afortunadamente nadie le ríe. Le daríamos de hostias hasta que se le cayeran las flores de la camisa hortera esa hawaiana que lleva. Nos hace cambiarnos de autocar pero no coger nuestras mochilas, qué remedio. Desde el nuevo bus vemos alejarse al otro autocar. 20 mochilas se han quedado en medio de la calle abandonadas a su suerte. Arrancamos nosotros también entonando un réquiem por las mochilas perdidas y a los 5 minutos paramos al ladito mismo del Mekong. Nos viene a buscar una vietnamita que habla inglés de puta madre ¡y es simpática!. Es la primera vez que vemos ese dechado de virtudes en una viet. Nos cae genial. Vamos al embarcadero. Nos subimos por parejas a una barquillas de madera manejadas por remeras vietnamitas (no confundir con rameras vietnamitas ). A mi marido Nacho y a mí nos toca con el chino del grupo, que luego descubriremos que es taiwanés. El tipo tiene tanta conversación como un pez muerto, pero Nacho y yo nos bastamos y nos sobramos para parecer dos cotorras. Entre eso y los gritos a nuestros camaradas vamos dados. Desde las barquitas vemos cómo vive la gente en pleno río, en sus casitas flotantes clavadas en pleno cauce del río. Muchos tienen perros que salen corriendo por el porche a ladrarnos todo lo fuerte que pueden. Nos alegramos mucho de que haya agua de por medio, porque sino fijo que nos comían a dentelladas, por intrusos y cotillas.

Los intrépidos navegantes del Mekong

Remando entre las water spinach

La primera parada es una piscifactoría doméstica en una casa flotante. La mujer guía nos cuenta que mucha gente vive en el Mekong de los peces que “cultivan”. La piscifactoría es un agujero de 1×1 y 10 metros de profundidad donde se apiñan unos 10.000 peces. De repente lanza un cuenco de comida dentro del agujero y los pececitos se transforman en pirañas voraces. Alguien hace una foto y con el flash los 10 mil peces pegan un salto tremendo que hace mucho ruido. De repente la guía pregunta si hay algún australiano. Nacho levanta la mano. Nos quedamos a cuadros, no sabíamos que Nacho era australiano, él tampoco. Está fatal. Volvemos a las canoas atravesando el poblado flotante. Seguimos viendo que la peña tiene perros y gatos y todo, y claro, como no les puede sacar a pasear (previa compra de aletas) los animalitos hacen sus cositas y todo en el porche de la casa flotante. Es el descojone.

El remero salao de Iker y Evardeles

Saliendo de la barca para entrar en la piscifactoría

La guía dando de comer a los peces XDD

Mekong life

Perra vida esta!

Tráfico fluvial

Nos alejamos hasta llegar a tierra firme. A ese lado del Mekong se asienta una pequeña colonia musulmana. La peculiaridad de este lugar, a parte de la religión, es que con las crecidas del río, el pueblo se inunda por completo. Por eso han levantado las casas varios metros sobre el suelo sobre pilares de madera donde marcan hasta donde ha llegado el agua en los años anteriores. 

Nada más dejar el embarcadero una horda de 50 millones de niños nos asalta intentando vendernos a un precio absurdo bollería «artesanal» que hacían sus madres y que venía empaquetada de la fábrica. Nadie les compró, menos la niña ayuda humanitaria que soy yo y Eva, grandes amantes de la bollería artesana como todo el mundo sabe. Me envuelve la enorme algarabía de 15 niños y sus 15 bandejas llenas de bollitos. Parece que la estrategia comercial pasa por “el que más grita más vende” y la competencia es de lo más desleal del mundo, ya que no se cortan un pelo en plantar las bandejas encima de las de los otros. Los más altos tenían ventaja, claro está, porque sus bandejas llegaban hasta mi jeta, impidiendo que viera nada más. Aún así conseguí comprarle a todos… menos a una, la niña más graciosa. La pobre era la más chiquitita, pero también la que tenía más mala leche. Debía tener unos cuatro años, pero la jodía cría gritaba muchísismo, indignada porque los abusones de los mayores le habían jodido las ventas. Se nos habían acabado las monedas pequeñas y ya no podíamos coger más bollos. Pero la niña no se resignaba. Siguió lloriqueando, con bastante desgana, pero incansablemente. Echamos a andar para ver la mezquita. La niña se nos pegó todo el camino recitando lo que parecían versos coránicos en un monotono que sonaba “wan wan wan wan wan wan” con la bandejita de los bollitos de la mano. “Wan wan wan wan wan wan wan” seguía la niña, como una plañiderita aburrida. Íbamos descojonados y la niña que no se callaba. Tras atravesar un trozo selvático total, ella seguía y seguía con su jaculatoria hasta que llegamos a la mezquita. Allí decidí darle algo porque era surrealista y se lo había ganado con creces. “Wan wan wan wan wan wan wan wan”. Saqué una moneda, la niña la vio y enmudeció en el acto. ¡Milagro, milagro!. Se fue más contenta que unas pascuas con su bandejita. Pobriña, qué mona era. Nos dio un montón de pena pensar en el futuro que le esperaba allí, casada a los 12 o 13 años, con alguien impuesto, intentando salvarse, año tras año, de las crecidas del Mekong. Según nos contó la guía, la comunidad era tan pequeña que muchos matrimonios se hacían entre primos. Allí mismo vimos el resultado, un niñín en brazos de su madre, con los miembros atrofiados y hecho polvo el pobre. Bueno, podía ser el resultado de eso o de las mil cosas chungas que te pueden pasar allí sin que puedas hacer nada por evitarlo.

Sor Sorayaka de Calcuta poniendo orden

La niña y su wan wan wan wan eterno… la pobre!!!

Musulmanes en Vietnam… a que se hace rarísimo?

Volvemos a las canoas, donde las remeras piden propinas como si no supieran hacer otra cosa. Nosotros le damos dos perras a la nuestra, pero los guiris dan unas propinas escandalosas que no hacen sino acostumbrar a esta gente a empezar a estafar y a acostumbrar a los niños al absentismo escolar y a pensar que es mejor currar que estudiar, vamos, ideal todo.

Excursión en barcucha

Hora del baño!

El barquero de Eva le regala una flor. En un embarcadero nos espera una lancha más grande ¡y nuestras mochilas! Acompañados de esa guía tan estupenda nada podía salir mal, ¡yehehe! Revisamos que no hubiera fardos en nuestro equipaje porque nada nos parecía tan suculento como que nos detuvieran entre Vietnam y Camboya por tráfico de drogas. Surcábamos el Mekong y aunque el calor era tremendo, el airecito que daba era súper guay. La guía repartió los papeles de inmigración para entrar en Camboya, flipamos, porque empezamos a cotillear y resulta que éramos de los más abuelos del barco.

Podíamos comer en la lancha y todos menos Eva nos pedimos un menú que tampoco estuvo mal (yo confié en que de día las portentosas no transitaran las cocinas de los barcos). Ella se dedicó a su comida estrella del viaje: las pringles. Y llegamos a la orilla opuesta donde estaba la frontera. Nada más atracar el barco una riada de niños infernales entró como un tornado.  Y todos a pedir los dongs que nos sobraran… ¡demonios! ¡Que nos hemos gastado todo!

El grupo de guiris, y el australiano XD

Aproximándonos a Cambodia!!

La guía nos hizo todos los trámites y se despidió. Nosotros estábamos con lágrimas en los ojos de perderla pero con alegría en nuestros corazones de abandonar la dimensión absurda vietnamita. Pasamos la frontera. Estamos en Camboya. Vamos a que nos sellen el visado. Nos sorprendemos gratamente de que los militares sean majísimos y súper sonrientes. Son mucho más oscuros que los vietnamitas y uno nos dice en español: “¿Hola, qué tal?”. Los amamos. Camboya ha conseguido en 3 minutos lo que no ha conseguido Vietnam en dos semanas, pero no tenemos todas con nosotros porque todo el mundo nos ha dicho que los camboyanos son de armas tomar (pero literalmente). 

Una vez hechos todos los trámites cogemos un nuevo barco. Se nota que Camboya es más pobre que sus vecinos, pero la gente nos da menos la impresión de estar estresada por ello, sino todo lo contrario. El capitán va feliz por la vida, hablando con los camboyanos que van con nosotros y nos deja sentarnos en proa también. Es guay, pero el sol pica que da gusto y nada más ponernos atraca en un sitio aleatorio y suben fardos. De hecho, pensamos que iban a salir guerrilleros y fusilarnos, pero no fueron sino más sonrientes camboyanos que se colocaron felizmente por la barcucha. Era todo súper idílico. Los niños nos saludaban desde las orillas, las pagodas de llamativos colores asomaban entre la vegetación tropical que bordeaba el grandioso Mekong mientras estábamos asándonos como un pato laqueado dentro de la embarcación, que iba a 2 nuditos por hora (y encima nudos de ganchillo).

Capitanes intrépidos XD

Hellooooooo!!

I don´t desteñido disfrutaba del viaje de la mejor manera que sabía xD

El anchísimo Mekong

Aldea de pescadores

A todas luces bastante más rural que Vietnam

Empezamos a hablar con una australiana y un camboyano muy simpático que chapurreaba algo de inglés. La australiana acabó siendo tan borde como todas las australianas (Eva sin embargo opina que los australianos son geniales) aunque nos enseñó unas fotos muy bonitas del sur de China. Se pone a llover en plan asesino durante 5 minutos. Para. Vuelve a brillar el sol, hace un par de grados menos durante los 3 minutos siguientes y volvemos a asfixiarnos. Nos dedicamos a la peluquería para entretenernos mientras seguimos mirando el paisaje. Al cabo de un buen rato vemos un puerto a lo lejos. Al atracar, los niños se meten también en el barco, pero parece como de otro rollo menos agresivo. Nosotros, como no tenemos guía ni nada, no sabemos muy bien qué hacer al bajar y todos los turistazos nos quedamos al lado de los retretes que al menos es síntoma de civilización. Claro que al lado hay grandes tinajas de barro llenas de agua de la lluvia, o lo que es lo mismo: criaderos de dengue . Tras 10 minutos de desconcierto aparece un camboyano que nos lleva a un autobús que hay aparcado fuera. Vemos al conductor, que es un tipo así escuchimizado y sonriente de unos 40 años en camiseta de tirantes. Vamos metiendo las mochilas en el maletero y nos montamos.

Cuando estamos todos, el tipo se sube, junto con un guía que misteriosamente apareció, hizo recuento y se sentó delante de nosotras. Entonces el conductor sube, todo chulo y coge una camisa blanca de manca corta de una percha. Se la pone y después saca una corbata de rayas que no tarda en anudarse haciéndose un nudo perfecto con un aire de solemnidad que tiraba para atrás. Para finalizar sacó unas gafas de sol negras de estas ochenteras que le tapaban media cara y por fin nuestro gigoló, con un aire de “Estoy listo, nenas”, se sentó en el volante, más radiante, chulo y sonriente que el sol de las 6 de la tarde en Camboya. No tardaron en empezar a llamarle por el móvil todas sus fans.

Creo que no tengo que explicar todo lo que amamos a ese hombre tan genial xDDD.

La carretera era de tierra, pero claro, estamos al lado del embarcadero, arranca y atravesamos el pueblín, a todas luces más pobre que Vietnam. Los niños siguen saludando y la gente nos da un buen rollo que te cagas, pero la carretera sigue siendo de tierra, una de las razones por las que nuestro casanova va a dos por hora. Salimos a campo abierto y el tipo acelera. Nos botan tanto las tetas que los pezones se nos meten por el agujero de la nariz. Nos descojonamos, el guía se da la vuelta y nos da palique sobre nuestro viaje: ama a Eva y no deja de mirar sus tetas saltarinas. Lo gracioso es que me doy la vuelta y están todas las tías agarrándose las tetas como nosotras. Por suerte los socabones van por tramos y hay algunos kilómetros donde disfrutamos de asfalto, pero básicamente eran 100 metros de asfalto por cada 3 kilómetros de tierra.

Carretera camboyana, ideal para la tonificación pectoral

Nótese los presumibles impactos de bala en el parabrisas, lalalalaaaaa

Nótese a la izquierda el techo de la furgoneta que viene de frente, lleno de banda. Las carreteras camboyanas son de fliparlo. Por cualquier parte te puedes encontrar un rebaño de vacas, niños corriendo, furgonetas en cualquier dirección llenas de gente en el techo… Y al lado de la carretera pagodas, carteles del partido ese que les tiraniza allí, cultivos gigantes, chocitas de hoja de palmera y enormes humedales donde se desarrolla el dengue y donde hay miles de aves transmisoras de gripe aviar bañándose con los niños y mayores. Todo era maravilloso. Se desata una tormenta. Se llena el cielo de rayos, llueve a cántaros, el hombre va sin parar de hablar por el móvil a dos por hora en carreteras de tierra donde podemos quedarnos encallados durante toda la noche, pero la vida es maravillosa una vez más.

Otro templo, de camino

Precioso paisaje camboyano bajo una nubes con muy mala pinta!

Precaución, amigo del conductor….

Empieza a haber luces, porque entre la lluvia y que estaba anocheciendo no se veía un pimiento… estamos entrando en Phonm Pen, la capital de Camboya. La recorremos entera en el bus y paramos en la puerta del hotel. Creo que teníamos varios para decidir, y cogimos ese, por ejemplo. Llevábamos 3 horas y pico de viaje y la distancia era irrisoria, no por ello menores nuestras ganas de llegar ¡YA! Antes de bajar nos habla el guía. Estaba lloviendo a mares. Nos dice que entremos corriendo al patio del hotel que ellos ya se encargan de las mochilas “por nuestra seguridad”. Evidentemente hacemos lo que nos dice y se ponen entre cuatro tíos a sacar nuestras mochilas y meterlas dentro. Nos aseguran que hay multitud de robos entre el hotel y el autocar… Nosotros nos preguntamos cuantos robos puede haber en tres metros cuadrados pero les hacemos caso porque son majísimos.

En el patio del hotel hay un restaurante con las fotos de unos platos occidentales que hacen que a Eva se le haga la boca agua. Hacemos el check in y balance de la situación y decidimos que nos reserven en el hotel el billete a Siem Reap en autocar el día siguiente. Consultamos la guía y nos dice que la única diferencia que hay entre ambos, a parte del precio, es que te dan una botellita de agua porque todos suelen tener el aire acondicionado y lo demás en las mismas condiciones, así que pillamos el cutre, a las 7 de la mañana. También apalabramos un hotelillo allí, ya que además nos iban a buscar a la estación de autobuses. Una cosa más resuelta. Pese a que nos llama la atención la carta ultra sugerente del hotel, decidimos salir a esa ciudad tan aparentemente occidental donde hemos visto unos restaurantes que tenían muy buena pinta, además ya se ha pasado el monzón.

Pasamos por delante de un restaurante donde como poco estaban cocinando pescados podridos porque aquella peste no era normal… Claro, que es lo más parecido que he visto en la Conchinchina a un chiringuito de playa andaluz, todo el mundo de buen rollo a cervezas y pinchos tuberculosos de esos. Hay portentosas para parar un tren y hemos dejado todo en el hotel, pero el ambiente nos parece hostil en esa ciudad de letras de gominola, además está muy poco iluminada. Compramos algo para descubrir que somos ultra millonarios, aunque después llegamos a uno de los restaurantes que habíamos visto y donde había bastante gente y ¡vemos que es más caro que en España! Eso sí, nada más abrirse la puerta automática han venido cinco camareros a hacernos reverencias. Con nuestros harapos de vivir debajo de un puente era harto pintoresco, pero nos fuimos pitando.

 

Entramos en un restaurante chino que había al lado. Ninguno queríamos comida china pero no sé como dimos a parar ahí y en un abrir y cerrar de ojos estábamos sentados y con la carta (nada barata tampoco) en las manos rodeados de unas ocho camareras camboyanas con pinta de estar más esclavizadas que los pajaritos que le hacían el ajuar a la Cenicienta, pues todo eran sonrisas y atenciones hasta que llegó la MALVADA MADAM rodeada de volutas de humo. 

Con voz sibilina nos empezó a embaucar sobre lo que teníamos que pedir o no. De vez en cuando la pillamos con sonrisa falsa deseando echar veneno en nuestros platos porque no nos decidíamos ni a tiros. Al final pedimos delicias chinas que acabaron siendo otras delicias menos deliciosas chinas. Se hicieron un lío las camareras (que presumiblemente les reportaría varios azotes por su malvada jefa) y para variar tuvimos que tragarnos sus tartamudeos en su pobre inglés, sus idas y venidas yendo y trayendo platos erróneos y sus nervios de acabar encadenadas a la mazmorra del restaurante. Hasta que volvieron las volutas de humo con la consiguiente madam y lo solucionó todo, es decir, que nos comiéramos eso o castigaría sin remisión a las doncellas. La cuestión es que la comida no nos gustó a ninguno y yo acabé para variar con el plato lleno de water spinach.

 

Así era la madam malvada

Llegamos al hotel, tras ver ratas y maleantes por doquier. Está ya casi todo cerrado, pero estamos a salvo porque tenemos segurata en la puerta que se asegura bien de quienes somos (no se conformó con ver nuestra cara de guiris). Al llegar a la habitación nos damos cuenta de que no tenemos agua para tomar el malarone y nos habían advertido que era imprescindible tomárselo con agua o corríamos el riesgo de pasarlas bien putas. Total que Nacho y yo salimos a la boca del lobo en que se había convertido Phonm Pen en busca de un par de botellas. Está todo cerrado, nos saludan unos tipos de mala catadura que nos provoca una tensión de glúteos importante, pero vienen en son de paz. 

Encontramos una tiendecita abierta y volvemos, esquivando a las ratas. El segurata flipa, pero nos abre, claro. Ponemos una espiral antimosquitos Eva y yo. Seguimos jugándonos la intoxicación a la malaria, pero hay unos mosquitos como camiones. Al día siguiente me habrían picado todos a mí. 

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