17* ¡Y yo sin mi agente naranja!

DIARIO DE VIAJE A VIETNAM Y CAMBOYA

¡Y yo sin mi agente naranja!

CAPÍTULO 17

Navegando con cucas (Frontera con Camboya)

06.45 a.m. ¡Firmes! Querido diario… unas vacaciones donde se pueda descansar, ¡por favor! Recogemos la mochila a toda pastilla para irnos pitando al desayuno. Hemos quedado con nuestros maridos en la cafetería. Nos metemos en el ascensor con un par de japoneses psicodélicos y hacemos el canelo con ellos por todos los pisos del hotel sin encontrar la cafetería y siendo raptados para arriba y para abajo. Cuando conseguimos llegar a nuestro destino, vemos que el desayuno es bastante malo, pero que el zumo que viene incluido, tiene como poco, cicuta. Nos comemos lo demás, hacemos el check out y salimos a buscar nuestro autobús entre los miles que hay que te llevan de excursión al Mekong.

Subimos al que está frente a la agencia donde lo contratamos y nos percatamos de que nos dieron los tickets de unos franceses. ¡Verás como nos echan y encima no vemos ni un duro! Pero tu documentación les da igual y el único nombre que quieren leer es el de Benjamín Franklin. Dejamos las mochilas en el maletero y subimos, pero yo me meo a cataratas, así que pregunto que si me da tiempo a ir y me dicen que sí, que aún tengo 10 minutos. Voy volando y salgo en 0.5 segundos para ver que el autobús ha desaparecido. No me lo creo. Me empieza a dar una apoplejía mientras miro hacia los lados y no veo a estos. ¡Palmo! A los 30 segundos les veo descojonados en la acera perpendicular viendo como yo perdía progresivamente el color y el sentido. Corro al autobús. A los 15 minutos salimos. Estábamos esperando a alguien pero al guía dejó de apetecerle esperar y se largó. Bueno, el Mekong no se iba a ir de allí en los próximos días. Al salir de la ciudad vemos un carromato de feria que en realidad es un coche fúnebre. La muerte les sienta muy bien a estos vietnamitas, juas.

La autopista no está mal. Paramos en un chiringuito a hacer un break tras un par de horas de viaje. Mola porque ¡tienen hamacas! Seguimos el viaje y a la hora o así paramos en otro sitio donde nos cambian de autocar a uno más pequeño.

Iker entró en trance como santa Teresa xDDDDDD

La vaca en la hamaca XDDD. Vaya jeto!!

Llegamos al embarcadero del Mekong. Nos dan 3 segundos para hacer pis y nos meten en una especie de lancha a todos. El Mekong es un río de color marrón y temes por tu desintegración instantánea como se hunda la barca, pero al menos no se ven desperdicios ni huele mal, así que imaginamos que el color será por la sedimentación.

El embarcadero y las water spinach… nos persiguen!!!

Contando turistas… no por si hunde la barca, que se la pela, sino para ver si hemos pagado todos

Mira que felices somos

Hasta Nacho era feliz en ese momento XDDDD

Zarpamos y ¡es guay! Te da vientecillo y así te olvidas un poco del calor sofocante que sufres por ir de mangas largas ya que estás dentro de las fronteras de riesgos maláricos, mientras te paran para ir a ver una fábrica de papel de coco y de otras muchas cosas hechas con coco. La turistada, vaya. Como no podía ser diferente, tienes mil cosas para comprar, pero no nos llama la atención nada, sobre todo a mí, que odio el sabor a coco. Una vez acabada la visita tratamos de hacer fotos al doble rubio de un amigo, que viaja con nosotros en la barca.

A pesar de no llegar al mercado flotante, que es a primera hora de la mañana, vemos como están recogiendo los barcos, a la gente en sus casas de paja y palmera, las orillas del río donde se ve algún que otro animalillo de vez en cuando, y a gente metida hasta las caderas en el agua, arreglando sus embarcaciones y demás. Es un poco como la atracción del Tarzán del parque de atracciones, ya que estás mirando en plan zoológico los quehaceres de las personas, como si viniera un gilipuertas a mirar como curras como si fueras un mono de feria.

La gente andaba recogiendo el mercado flotante

Elaboración del papel de coco o de arroz o ya no recuerdo que coño de papel era

Paisaje tropical y cal

Eva subiendo a la chalupa contemplada por un I don´t decolorado xD

Gasolinera

Poquito a poco, llegamos a otra parte que no sabemos muy bien cual es. A todo esto, no llevábamos mochilas, porque las habíamos dejado en el segundo autobús. Cada vez que nos acordábamos de ellas, temblábamos un poco, pero bueno. Nos baja el guía y nos lleva por entre las chozas del pueblo a una especie de garaje donde hay aparcadas mogollón de bicicletas y nos dice que una para cada uno, que nos vamos a comer. Hay algunas que están bien y otras que son para verlas y ¡marica el último! El guía pilla una y sale escopetado. Yo me pillo una medio decente aunque hace mil años que no monto y sólo tengo en la cabeza el hostión en moto que me di un mes antes. Eva no llegaba a los pedales porque había pillado una enorme. Entro en pánico sobre 2 ruedas y me voy como puedo, dejando a Eva sola ante el peligro. Cuando por fin me hago con el manejo, disfruto mazo la carrera en un palmeral tropical. Comes 500 mosquitos, pero es la leche. Hemos parado en un restaurante hotel todo hecho de paja. Hay gente que aún no ha llegado y Nacho decide dar la vuelta a por ellos. Descuida que el guía se molesta. Al cabo del rato viene junto con los impediditos que no han conseguido manejar su bici y que se acercan andando, Eva entre ellos. Al llegar el guía encima les echa la bronca por ser tan lentos. De llorar.

Tenemos al I don´t abonado en todas las fotos XDD

Eva Martinez Soria en «La jungla no es para mí»

Vemos el sitio agradeciendo no haber cogido la excursión de 2 noches y tener que dormir en una habitación de paja sin ventanas donde los mosquitos no es que pasaran sin llamar, es que directamente te pedían 2 cucharadas de azúcar con cada litro de sangre que te absorbían, por no hablar de la multitud de reptiles y demás animalitos que allí andan por allí. Comemos el menú Piolín: media taza de sopa de judías verdes, un bol de arroz tolerado por las anoréxicas y 2 rodajas de pollo bonsai. Al menos, de postre había lychees, y nos comimos unos cuantos mientras mirábamos los peces saltarines en tierra que había y que me dejaron fascinadísima. Y sin dar tiempo ni a 5 minutos de sobremesa, ¡arreando! Vamos andando por la semi-jungla hacia otro embarcadero. Montamos en la barca y a los 4 minutos ¡encallamos! No sería por habernos cebado comiendo, no. El capitán ni corto ni perezoso se echa al río y nos manda ponernos a todos en la proa, para liberar el peso de detrás. Nos dicen que es normal y a los 10 minutos ya estamos navegando por uno de los cientos de canalitos del Mekong.

De camino en una choza nos encontramos una pedazo de serpiente!!

Agua y tierra

Nos las prometíamos muy felices cuando…

Todos a proa!! Hemos encallado!

Mekong para todos!

Nos para en otro embarcadero y volvemos a coger el autobús de las mochilas, seguimos en el bus hacia algo que parece un embarcadero o un puente grande o no sé que sería, porque me quedo dormidísima mientras esperamos la cola para entrar en lo que sea, pero la gente baja a darse una vuelta. Me despierto en algo que parece una ciudad más grande, creemos que es Chau Doc (la frontera con Camboya) pero no. Recogemos más gente que no parecen muy contentos y sube con ellos un nuevo guía que es más tonto que hecho de encargo, cuanta chistes malísimos y parece un proxeneta. Para colmo no para de hablar, en fin.

Iker no podía con tanta emoción y volvió a entrar en trance para hablar con San Pedro

No tenemos mejores fotos, pero ese viaje fue genial (la primera hora, luego queríamos haber muerto días antes ¬¬)

Lo bueno es que también ha subido una abuela francesa súper gorda que no para de protestar (y con razón) y que también habla español. Nos cuenta que viaja sola por el mundo y que está hasta el chete de los vietnamitas. La mostramos nuestra solidaridad contándole también nuestras aventuras. Se lía una tormenta mientras disfrutamos del paisaje de chocitas al lado del río que hay. ¡Es muy chulo! Al cabo de 2 horas o así paramos en medio de la carretera. Ahí está el embarcadero. El guía nos dice que es ilegal pararse ahí así que tenemos que bajarnos a toda leche y no podemos ni coger nada de nuestras mochilas. Eva lo intenta y casi se descalabra con la puerta del maletero mientras el otro está dando voces de que nos demos prisa.

Vietnam, burn in hell.

Atravesando congregaciones mosquitiles y sin ver donde pisábamos porque ya era noche cerrada, nos montan en un barquito muy chulo adornado todo con farolillos rojos. Nos pasan la carta de los 2 menús disponibles alegando que no nos va a dar tiempo a cenar en el hotel porque no vamos a llegar a ninguna hora prudente. No está caro y miramos a ver. Eva va al baño. Cuando vuelve nos revela que no piensa cenar en ese barco porque una tubería del retrete (que está al lado de la cocina) se ha soltado y ha salpicado toda la olla de arroz y a la cucaracha portentosa que andaba paseándose por la encimera de la cocina. En ese momento descubrimos que no sólo tenemos la ropa y pelos llenos de ninfas y mosquitos, sino que ¡las portentosas se pasean a sus anchas en cubierta! Yo entro en pánico y me subo a la silla. Jamás pensé que iba a morir y mi cadáver iba a servir de tablao a multitud de cucarachas de medio metro (con bigotes, 1 metro de eslora). Ver para creer, al menos no llevo las cholas puestas, ¡diox!

La gente se pone a cenar. Nosotros decidimos beber cervezas y Eva se compra unas pringles. Mientras las cucarachas están de paseo bajo la romántica luz de los farolillos y los mosquitos y las ninfas siguen invadiendo nuestra anatomía. Subimos a cubirta, a ver las estrellas, no hay luz y todo está tranquilísimo, ¡es genial! Pero se pone a lloviznar y como nuestro futuro es incierto, porque descuida que nadie se molesta en informarte de nada, nos bajamos otra vez al frente de portentosas.

Pedimos más cervezas.

Brindo por las cucales que derrochan simpatíaaaa

No puedo más, cuando señalo una y un marinero la aparta con los dedos. Mi escalofrío casi provoca un tsunami, me levanto y me planto en la proa, que es plana y hay como 3 personas más. La gente me toma por exagerada pero ¡es que las tengo auténtica fobia!

Por fin se acaba el viaje… son las 11 y pico de la noche y llegamos a una especie de pueblo que por fin es Chau Doc. Paramos en una especie de tablones que son el embarcadero… no hay ni una luz, así que debe ser el embarcadero de los contrabandistas. La gente flipa tanto como nosotros porque salimos a una calle sin apenas luz, de mala muerte, llena de charcos y el guía de repente ha desaparecido.

Al fin nos acercábamos a la orilla!! Y I don´t chupando cámara por detrás xDDDDDDD

Sí, nos hicieron bajar del barco por ahí a oscuras y no se veía nada y casi somos pasto de portentosas acuáticas

Como a los 10 minutos que se nos hicieron eternos, llega montado en un autobús. Al menos no nos había mentido cuando nos dijo que en Chau Doc no hay absolutamente nada, ni había espacio para la lepra en tanta podredumbre. Nos montamos y nos baja en el «hotel», donde están todas nuestras mochilas amontonadas en la puerta en los jardincillos, siendo el perfecto parque de atracciones para que los insectos entren, ¡alegría! Entramos en recepción y hacemos el check in en el alojamiento más cutre y terrorífico que he estado en mi vida. Parecía una casa gigante de estas de plástico, prefabricadas. Las sábanas estaban llenas de lamparones. La pared estaba llena de manchas de sangre acompañando los restos pegados de los mosquitos y por supuesto, lleno de mosquitos vivos que tampoco podían salir por las ventanas por las mosquiteras. Por aire acondicionado había 1 ventilador que al menos, funcionaba. Ante ese desolador espectáculo, Nacho y yo decidimos dar una vuelta para comprar agua y ver si milagrosamente encontrábamos algo para cenar.

Eran todo hotelillos y casitas bajas medio chozas medio construidas y todo cerrado como si acabara de haber un ataque nuclear, y oscurísimo, pero somos dos valientes y no nos apetecía tampoco acostarnos. A los diez minutos vimos unas luces encendidas y una mujer que estaba recogiendo el chiringuito de un puesto ambulante de sopa que tenía en las puertas de su casa. Le pedimos dos platos, aunque nos hubiéramos comido ocho porque estaba deliciosa, ¡diox! No hablaba ni una palabra de inglés pero la buena mujer no nos timó y nos cobró un precio ridículo. Era una de esos momentos en la vida donde te preguntas como puedes estar ahí, en un pueblo perdido entre Vietnam y Camboya, tomando sopa a las 12 de la noche a la luz de un farol, en casi plena jungla, rodeado de mosquitos que te pueden hacer un buen apaño y sin saber qué va a ser de tu vida en las próximas horas y dónde vas a volver a encontrar una sonrisa amiga como la de esta mujer, a la que deseo toda la prosperidad que pueda conseguir con su puesto de sopas. Llegó una amiga suya a la que aún no sabemos cómo, conseguimos hacer entender que queríamos dos botellas de agua, que nos consiguió. Las amamos. Volvimos al hotel, enciendo una espiral antimosquitos, mientras Eva se acostaba recién salida de la ducha, y después de mi ducha, me acuesto también, adormeciéndome con el batir de alas de los millones de mosquitos que por allí pululaban

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