diario de viaje a vietnam Y CAMBOYA
¡Y yo sin mi agente naranja!
capítulo 13
¡Hoi An qué hermosa eres!(Hoi An)
Nos despertamos a las 6, saltamos de la cama, nos ponemos las lentillas y salimos pitando. Ya estamos acostumbrados a esos madrugones de la dimensión guindilla y a dejar todo preparado por la noche, para no olvidarnos, con las prisas, medio equipaje en los hoteles. Pero la vida en Vietnam no es de color de rosa, sino del rojo de su bandera y para variar, el autobús llega tarde.
Aprovecho para ir a desayunar algo tremendamente exótico a la terraza de enfrente. Tienen unos rollitos muy parecidos a los de la venta del sordo. Pero a pesar de que son majísimos, de que los 3 rollitos me cuestan unos 50 céntimos y de que me quieren regalar 3 más, el sabor no se parece ni remotamente. No están malos pero me han decepcionado. Eva es feliz al ver que la viejilla del caseto de al lado tiene quesitos de «la vaca que ríe» y pan. Devora el bocata de quesitos. Entonces, Nacho, el oportuno, que ha tenido casi una hora para desayunar, pide un café cuando… aparece el autobús. Por supuesto el café está hirviendo y se queda intacto en la recepción de las mujeres pantallazo que no acaban de entender estas costumbres occidentales de pedir cafés para abandonarlos de mala manera.
El autobús llevaba al menos dos décadas de retraso para la jubilación. Los asientos del final están tan sueltos que parecen mecedoras. Nos faltan los rulos y la bata para parecer una cuadrilla de octogenarias en la clase de calceta.
Delante de nosotros se sienta una pareja majísima de guiris jubilados. No saben que les han tocado en gracia los asientos más salvajes. Por el precio del ticket a Hoi An experimentarán lo que es sentarse en un toro mecánico.
Antes de salir de Hué paramos en todos los hoteles para el transvase de guiris. Al final nos metemos en una gasolinera donde nuestro autobús se queda trabado con otro. El conductor se baja a ver que hostias pasa y apaga el motor. El sol ya pegaba y nosotros desvanecidos, sin aire acondicionado, esperando que se solucione la movida. Tras largo rato intercambiando cables con el otro bus, nos ponemos en camino. A este paso vamos a llegar a Hoi An con la edad de los abueletes del toro mecánico.
El paisaje es precioso y la carretera imposible. Vemos a un camión adelantando a otro, que a su vez adelantaba a un tercero. Debe ser deporte nacional, pero no acabamos de acostumbrarnos. Los abueletes de delante, empiezan a cagarse en el asfalto y los autobuses vietnamitas, que desde luego no están a prueba de Corega. Eso sí, a punto de perder la dentadura en cada bote no pierden el humor ni el ingenio. El señor, muy decidido, se ata al asiento de delante.
Paramos en un bar de carretera. Vamos en tropel todos a mear y hay cola para depositar el orín en los dos cubículos infectos. Temiendo por la frescura de mi chete decido irme a un lago que se ve al fondo. Eva me acompaña y llega justo a tiempo para verle el micropene a un vietnamita. Se pone a despotricar y es que a esta niña los micropenes no le van nada de nada, en especial si son amarillos. Cuando el conductor se convence de que ya nadie va a comprar nada más en el diabólico chiringuito de carretera donde se lleva comisión, vamos hacia el bus. Entonces vemos a un cretino (guiri) haciendo calentamientos como si fuera a hacer una doble pirueta mortal o algo por el estilo. Nos reímos bastante de él porque hay que ser payaso y querer llamar la atención de manera tan patética.
El paisaje es flipante, hasta que llegamos a Da Nang, la tercera ciudad más grande del país y probablemente la tercera más fea del mundo. La atravesamos, dejamos a varios guiris incautos en tan horrendo lugar, y seguimos por la costa hacia Hoi An. Era todo muy tropical, pero sin llegar a jungla. El calor cada vez es más insoportable. Tras una hora de viaje, empezamos a ver vegetación más frondosa y paisajes increíbles. La carretera serpenteaba por escarpadas montañas verdes. A sus pies, playas y calas salvajes que observamos dando brincos en nuestros asientos cual rubia cabalgando a Rocco Siffredi. Así llegamos a Hoi An donde el paisaje inmediato al pueblo es muy árido. Tiene un aspecto desértico y desangelado. En medio de la nada, donde sólo hay un hotel el conductor se detiene. El tipo del hotel sube a darnos la arenga típica de que era el hotel más barato del pueblo y que sólo estaba a 15 minutos del centro andando. Nos miramos como si estuviéramos en las casillas de la cabecera de la tribu de los Brady* y nadie se bajó. Después de un silencio incómodo y de volver a repetir el mitin, el tipo se dio por vencido y se bajó. Casi aplaudimos, pues así se volvió a poner en marcha el aire acondicionado. Tras 15 minutos de autobús, empezamos a ver casitas. ¡Menos mal que nadie se había bajado!
El autobús empieza a parar y nosotros queremos llegar al centro, pero nadie nos sabe decir cual es el centro. El bus evidentemente, pasa por varios hoteles y ninguno nos parece estar céntrico, hasta que al final, presas del desconcierto, nos bajamos en uno aleatorio. No hacía calor, es que veíamos a Lucifer con un pai-pai pidiendo una excedencia.
El hotel nos parecía caro para lo que era y buscamos otro, al sol de media mañana que caía con justicia en esas carreteras arenosas. Vagábamos sin rumbo hasta que un guiri nos dijo que fuéramos al hotel An fú, que estaba a 300 metros y que no sólo era casi de lujo, sino que costaba 6 dólares la habitación. Allá que fuimos. Anduvimos, anduvimos y el hotel no aparecía, pero sí nuestro mareo y crispación palpitante. Eva quería coger un taxi pero Nacho decía que si estaba a 300 metros tenía que aparecer ya… Debimos andar 800 y ni sombra del An fú (ni de cualquier otra cosa). Al final cogimos el taxi que nos llevó al dichoso hotel por un 1€. Eva casi mata a Nacho por hacerle caminar bajo el sol achicharrante cargada con la mochila para ahorrarse sus 0.25 céntimos.
El hotel estaba de puta madre, aunque el guiri no había dado ni una. Costaba 18 dólares la doble, pero teníamos piscina y un desayuno inglés envidiable. Entramos a recepción y dejamos nuestras mochilas a los botones, como los señores que no somos. Pagamos, nos instalamos en la habitación después de la sorpresa inicial de ver que nuestra doble tenía ni más ni menos que 2 camas king size. Contemplamos la decoración a lo Luis XVI, hortera como ella sola y la súper piscina que la teníamos debajo del balcón y salimos a conocer la ciudad milenaria de Hoi An y a comer algo, ¡que ya eran horas!
El balance de la situación fueron unas 6 horas en hacer TACHAAAAAAAAAAAAAAAAAN: 180 kms!!!
La piscina
por fin!!!!!
El terrorífico calor nos abofeteó la cara nada más abrirse la puerta automática del hotel. Era para morirse y que en tu lápida rezara “cocinado al grill”. Uf, y teníamos que visitar Hoi An aquella tarde sí o sí. Echamos a andar en dirección al restaurante mejor valorado en la Lonely Planet y que se llamaba “Good morning, Vietnam”. Cada paso que dábamos nos acercaba más a convertirnos en capones a la brasa y Evita empezó a marearse. Al menos el pueblo era pequeño y el mapa que teníamos era suficientemente claro.
Cuando llegamos al restaurante y vimos los precios, pensamos que nos habíamos despistado y no habíamos visto el Campanille de la plaza de San Marcos, ya que los precios eran los mismos. Evita se quedó en una pizzería porque estaba al borde del colapso y yo no iba a dejarla sola. Nuestros mariditos, Iker y Nacho, se fueron a buscar un sitio más barato. Estaban muertos de hambre, los pobres, porque no habían desayunado como nosotras. Nos tomamos unas cocacolas que nos supieron a gloria bendita y unas pizzas que valían lo que costaban. El garito lo regentaba un italiano que había decidido quedarse en Vietnam a hacerse con las perras de los guiris insolados que se acercan a Hoi An. Después de comer como señoras, fuimos a buscar a nuestros maridos pobretones. Evita Dinamita me compró un snicker de postre. Yehehehe, ¡me vuelven loca!
No acabábamos de entender el pueblo. Resulta que había que comprar entradas para verlo. Putos viet. Es como si tuvieras que pagar entradas por pasearte por el casco histórico de Salamanca. El caso es que después de ir de la ceca a la meca, porque nos habían dicho que no costaban lo mismo en todas partes, compramos los tickets, fijo que en el lugar donde eran más caros.
El ticket te obligaba a escoger entre varios monumentos de cada categoría. Estos chinorris daban por hecho que vista una pagoda o una casa antigua, vistas todas. Están fatal. Total que aconsejados por la Lonely Planet (siempre en nuestros corazones), hicimos nuestra decisión salomónica. Empezamos nuestro recorrido por el pueblo por ver una casa antigua, donde había una exposición de cerámicas. Era un poco fraude (sobre todo si las cerámicas te importan tanto como el currículum de un sexador de pollos coreano), pero la casa era muy chula. En el foro de los viajeros nos habían dicho que las casas de Hoi An tenían cientos de años de antigüedad, pero la Lonely nos iluminó con que las tenían que reconstruir cada cierto tiempo porque la madera se deteriora y se queda hecha un cristo. Aún así, el pueblo era chulísimo y pese a los tickets, muy auténtico. Era como viajar al pasado. Casitas bajas de madera, convertidas la mayoría en tiendecitas con artesanías que nos pusieron los dientes muy largos. Madera tallada con motivos antiguos, gongs, infinidad de cuencos, palillos, manteles y demás cosas para la casa y muchos farolillos chinos típicos de China pero que por qué no iban a venderlos ahí también.
Después fuimos a la pagoda. Era realmente una pasada, una mezcla entre el estilo chino milenario de una gran civilización y el estilo de un todo a 100 de Carabanchel. Tenía muchos colorines horteras pero sin llegar a lo de los tailandeses, que para eso son insuperables. A cada paso nos fascinaba más esa iconografía llena de ogros shaolín y gags de Bola de Dragón. Hasta que sucedió el cataclismo del día. En otras palabras, fue un mal trago.
Interior día. Sala de oraciones de la pagoda. Cientos de espirales de incienso colgadas del techo, que eran como nuestras espirales antimosquitos, pero a lo bestia. Son ofrendas de los feligreses. Miles de papelitos amarillos pegados en un tablón. Cada uno de ellos contiene una petición a sus psicodélicos dioses. Algunos contienen varias peticiones. Algunos la lista del carrefour, y es que ya se sabe que pedir es gratis. A nuestro lado, una familia de turistas de ojos rasgados, pero de otro país, preguntándose si los dioses tienen roaming y les harían caso dejando allí, tan lejos de casa, sus deseos. El calor de las piedras, el humo del incienso… Todo esto me da sed. Le doy un buen trago a la botella y el agua se me cuela por mal sitio. Emerge un geizer de mi garganta y el agua sale disparada a una velocidad de 200km/h con efecto aspersor, empapando los miles de deseos de los pobres vietnamitas que se escurren bajo un mar de babas Sorayeskas. Probablemente esas peticiones jamás llegarían al cielo.
La familia se quedó a cuadros y no sabían muy bien a dónde mirar. Eva se descojona y piensa que no se me puede sacar de casa (ni del garaje de mi casa). Tuvimos suerte de que no hubiera por allí ningún monje porque nos habrían cocinado con salsa de bambú y setas (o lo que es más probable, nos habrían cobrado por cada gota de baba en petición, adiós dongs).
Nihao!!!!!!!
Al rescate de Bruce Lee XD
Honeymoon in Hoi An: No es verdad ángel de amor, que en esta apartada China…?
«Si le pedimos a diox que nos deje sin mosqueuitos matamos 2 pájaros de un tiro» XD
Panel de peticiones pasado por babas ¬¬ (si os fijáis bien veréis parte de las letras corridas xD)
Alguien consideró que esto decoraba el templo
Alguien consideró que esto decoraba mi fé como vietnamita
Huimos hacia delante hacia el interior del interior de la pagoda (cuando parece que se acaba, siempre hay más) y vimos la estatua de dragón más cojonuda del mundo. Lo que daría por tener eso en mi jardín. Evidentemente las fotos haciendo el imbécil, no podían faltar.
No podía ser otra cosa… Operación Dragón!!!!!!!!!!!!!! XDDDDDDDDDDDDDDD Amo esta foto (hecha por mi : D)
Como Gaudí, pero más allá
Tras la pagoda, entramos en otra casa centenaria. Una guapa vietnamita te explicaba un montón de cosas interesantes, como que el río crecía tanto, que la familia tenía que trasladarse durante un tiempo a vivir al piso de arriba, porque el de abajo se quedaba completamente inundado. Inmediatamente después te trataba de endosar una mantelería, algo tan útil para cualquiera de nosotros cuatro, como un cambiador de bebés. Era increíble, pero tenía todas las réplicas posibles a todas las excusas imaginables: “Me pesa en la mochila, se me mancha, no tengo dinero…” era replicado con un: “Lo mandamos por avión o barco. Te la envolvemos precintada, sellada, galvanizada. Te damos un crédito a pagar en 20 meses: el Creditón. ¡Lo mejor después de Halong!”. Nos conseguimos deshacer de ella y nos fuimos.
Atravesamos un mercadillo y llegamos al río Perfume, no recuerdo si era el mismo que en Hué. Estaba hecho unos zorretes, así que no nos entretuvimos mucho en ese río tan feo. Vimos una casita bonita y allá que nos metimos (como Huang por su casa) y luego resultó ser otra de esas casas centenarias. Como entramos por la parte de atrás no nos pidieron el ticket. Tuvimos suerte, porque era bastante chula. Ahí había un gatín más mooono. ¡Ay! Aunque el sol estaba bajando, el calor seguía apretando tanto que a veces me extrañaba no descubrir que tenía un palo ensartándome por el culo y que no estaba dando vueltas en plan espetón.
Una casa muy mona al lado del mercadillo
Hoy menú… no hay gallina blanca
No será por sombreros de paja
Río ¿Perfume?
Barquita vietnamita
Eva no perdía la oportunidad de plantarse delante de cualqueuier ventilador XDDD
La guía de algún grupo de guiris, muy auténtica
Para los que se piensen que los gatos son diferentes en Vietnam, que se les queuiten las dudas
Nos sentamos un rato en la calle, trazando un plan de acción. Sólo nos quedaba ver el famoso puente japonés y alguna calle más y ya lo teníamos visto todo, salvo las tiendas. Había muchísimas, sobre todo talleres de confección de ropa. Eran increíbles. Podías elegir el modelo que quisieras y te lo cosían con la tela que eligieras para la mañana siguiente, por entre 30 y 60 euros dependiendo de la cantidad de trabajo que llevara. Te ofrecían revistas de moda, con las actrices de Hollywood y tal. Hasta nos enseñaron una foto de los jugadores del Real Madrid vestidos de Emidio Tucci. ¡Muy heavy! Pero además estaban las tiendas de farolillos y souvenirs. Teníamos mucho que hacer todavía en Hoi An.
Tiempo muerto!!! Pero no más que el río xDDD
Por si queríais ver alguna tienda de farolillos XDDDDD
Llegamos al puente japonés que era muy chulo. Nos hizo gracia porque en las postales ves que detrás de los pilares hay una especie de jungla, y este está en el centro de un pueblo y lo que pasa por debajo más que agua parece tinta china sin refinar. Tras las fotos de rigor y que advertimos que ya estaba bajando el sol y que el calor era un poquitín más soportable, nos relajamos y continuamos nuestra visita con total indolencia. Pasamos por las tiendas de gongs (me arrepiento todos los días de no haber hecho esa adquisición para el señorío, ¡demonios!), tiendas de tallas de madera preciosas, tiendas de falsificaciones de Tintín (en serio), un centro de reclutamiento de jóvenes fascistas….
El precioso puente japonés y su vertido tóxico particular
Dentro del puente había una especie de altarcillo
GOOOOOOOOOOOOOONGGGGGG
Típica estampa vietnamita
Buscando la raza aria en Vietnam XD
Estaba anocheciendo. La luz del cielo era preciosa. Los farolillos de colores empezaban a iluminar las callecitas. Una de las pagodas estaba cerrando. Un hombre se ocupaba de apagar las velas y los inciensos. ¡Qué momentazo! Es uno de esos que se te graban. Son los que hacen especial un día, o una ciudad en concreto. Este fue uno de mis momentos en Hoi An, ese crepúsculo.
Este crepúsculo, no tiene palabras
Nuestros maridos adornando el árbol genealógico de la dinastía Ming
Nacho se empeñó en comprar agua y se lo pidió a una tipa súper gorda a la que le habíamos comprado otra botella horas antes. Le debió ver cara de guiri y nuevamente le engañó como a un chino, pues le cobró el doble que a mí. Descubrimos el pastel porque Nacho me comentó que no entendía las carcajadas de la gorda cuando le estaba pagando.
Los vietnamitas seguían currando como chinos mientras nosotros decidimos que ya era hora de cenar. Fuimos a la rivera del río, donde nos había recomendado un amigo de Eva. Subimos a la terraza del restaurante. En el techo y las paredes había muchos jecos que eran mejor y más entretenidos que la tele, que teníamos a nuestras espaldas, donde estaban dando el serial más infame del mundo, con unos efectos especiales cutrísimos. Hipnotizados por el modus operandi de los jecos, que se quedan quietísimos y de repente se lanzan sobre los bichitos a la velocidad del rayo, pedimos de comer. Tenían pasta italiana, así que Eva fue feliz. Pedimos y esperamos. Aunque señalamos bien con el dedo lo que queríamos, una vez más se confundieron. El caso es que el hombre subía y bajaba escaleras con los platos de ida y vuelta sin rechistar. Cuando acertaba con alguno, al rato volvía con el mismo plato otra vez. No sólo nos subía el doble de platos que habíamos pedido cada uno, también duplicaba las cervezas. Miramos a ver dónde estaba la cámara oculta pero no veíamos más que a los jecos, observando la incompetencia del camarero.
Son más monines…
Sobre las 10 (alta madrugada en Vietnam) regresamos al hotel. De camino nos planteamos los cuatro si hacernos unos vestidos y trajes ideales. Pero como no nos fiamos de los viets, por mucho que nos dijeran que nos lo tendrían para la mañana siguiente, pasamos, porque nos veíamos pagando y saliendo en el autobús de vuelta a Hué, con el viet con la lengua fuera persiguiéndonos con el traje. En una de las tiendas las costureras ensayaban un numerito de baile teatral que era de lo más manga. Traté de cazar un jeco que había en un muro con la ayuda del gorro chino. El bicho corría como si le estuviese persiguiendo una empresa licorera china y huyó…
Y mientras los chinos hacían la ropa que más de uno lleváis puesta ahora mismo XD
Nos dimos un baño nocturno en la piscina del hotel. Fue genial, aunque el agua tenía tal cantidad de cloro que temí que los ojos se me convirtieran en silicona. Era tan fresquito, tan solitario, tan estupendo. La pánfila de Eva se lo perdió alegando cualquier excusa para quedarse en la habitación bajo el chorro de aire acondicionado.
No sabíamos si salir a dar una vuelta o no, así que quedamos en ducharnos y hablarlo después. Estábamos todos matados, porque llevábamos danzando desde las 6 de la mañana, pero siempre hay ganas de más. Al final reinó la confusión y no sabíamos si habíamos dicho de salir o no y nos estuvimos esperando cada uno en su habitación a que viniera el otro. Pasado un tiempo prudencial, donde hubo unos extraños poltergeist de llamadas a la puerta, abrir, que no hubiera nadie y fliparlo, me puse mi improvisado pijama y me lancé en mi cama king size, que da mucho juego. Al día siguiente nos esperaba un día duro a palos con el ministerio vietnamita de transportes.