12 ¡Y yo sin mi agente naranja!

DIARIO DE VIAJE A VIETNAM Y CAMBOYA

¡Y yo sin mi agente naranja!

CAPÍTULO 12

De la Ciudad Prohibida a la venta del sordo (Hue)

Bajamos del autobús, con la tetraplejia típica tras pasar 17 horas sufriendo numerosos amagos de infarto en un trineo de reducidas dimensiones. ¿Dónde nos han dejado? En la puerta de un hotel de Hue, cómo no. Nos recibe una mujer simpática, parlanchina, y absolutamente surrealista, como descubriríamos minutos después. La muy loca nos agarró del brazo y no paró hasta meternos dentro del hotel. Pensamos que éste sería el más caro de la ciudad, concertado con los autobuses para tangar un poco, pero ¡benditos careros! Nos cobraban la friolera de 3$ y medio por persona (es decir, 2€ y pico). Así que decidimos caer en la trampa de la agencia del autobús y quedarnos.

Mientras tanto, la tipa no paró de hablar un momento. Consiguió que una señora nos regalara otro sombrero vietnamita y se sentó con nosotros en unos sofás de la recepción a darnos conversación. De repente saca una postal del Camp Nou. ¡Con menudas ha ido a dar, que no tenemos ni puta idea de fútbol!. Evidentemente los efebos chueca-boys que nos acompañaban no entendían mucho más. Entonces, en medio de una animada conversación sobre España (limitada al Barça) la mujer gira la cabeza, se queda repentinamente en silencio, con la mirada perdida en el infinito y la boca abierta de par en par. Es lo que conoceremos a partir de ahora comola mirada de Hué”.

Desconcertados, esperando a que se reseteara, pensé que le había dado un aire, pero enseguida retomaba la conversación donde la había dejado como si el tiempo sólo se hubiera parado para nosotros. Es como si en el aire apareciese un cartel flotando que dijera la vietnamita ha efectuado una operación no válida y será interrumpida”A pesar de este lapsus que nos dejó perplejos, cuanto menos, la tía se lo estaba currando tanto, y nos daba tantas explicaciones de todo, que contratamos en su hotel la excursión a Hoi An. También intentamos comprar los billetes de tren para Saigón, donde teníamos pensado ir dos días después, pero no iba a ser tan fácil. Aquí comenzaría otra odisea, pero aún no sabíamos que la claustrofobia que sentimos al no podir salir de Hanoi era una chorrada comparada con la que íbamos a sentir en Hué

 

Los trámites de contratar la excursión fueron incomprensiblemente largos y tediosos, pese a que la de la mirada de Hué nos amenizara con su conversación y nos desconcertara con sus pantallazos continuos. Iker se tuvo que ir con otra chinita de la recepción en moto a la estación de tren, a por los billetes de para Saigón y Nacho mientras a buscar un cajero para sacar pasta. Ninguno de los dos cumplió su objetivo. Aún, a día de hoy no entiendo por qué no nos despacharon aquellos putos billetes de tren, aunque según Iker, fue una odisea entenderse en la estación porque ni dios hablaba una palabra de inglés. Volvió con la información de que había 2 trenes, uno que tardaba 24 horas a Saigón (el rápido) y otro de 28 horas, y por alguna extraña razón, con el dinero de los billetes, porque la tipa le dijo que aún no los comprara porque no sé que historias (o más bien cuentos chinos). Obviamente sería por la comisión que se querían sacar posteriormente.

Eran las 8 de la mañana y la excursión que queríamos a Hoi An ya se había ido. Las del hotel nos ofrecieron otra por Hué, pero no la aceptamos porque nos habían dicho que era un poco timo (luego nos arrepentiríamos de ello). Nos fuimos a desayunar. Teníamos tiempo de sobra para coger fuerzas para la jornada que se las prometía calurosa (y luego vimos que decir calurosa era ridículo. Desde luego, fue el día de las malas previsiones ) y tras valorar el chiringuito de sopas que había enfrente y decidir que éramos unos cobardes, fuimos a buscar un sitio al lado del río del Perfume para parecer así, pijeles, pero dimos con un comedor universitario donde no tenían comida forastera y luego con un restaurante vegetariano que no nos satisfizo tampoco. Tras dar una vuelta y ver que no habría mucho más en varias yardas a la redonda, volvimos al comedor universitario donde vive dios que me comí el arroz con huevo más delicioso que he probado en la vida.

Después partimos para la gran fortaleza de Hué dejando atrás las risas que media ciudad se echó a costa de mi pantalón roto (y acabado de rematar en la carrera de trineos de la noche anterior) por el que se me veía medio cachete del culo. Pronto nos situamos, porque parecía una ciudad chiquitita y manejable y en un pis pas nos plantamos en la tremenda Ciudad Prohibida y flipamos, porque la fachada de la primera muralla ¡era una puta pasada! Me encantan los nombres que les ponen estos orientales a las cosas. ¡Qué cojones es Villarobledo de los Infantes cuando podría llamarse a ese pueblo con un nombre mucho más poético, bizarro y especial! Por qué nos merecemos sitios con nombre como Chinchilla o Puerto Urraco? En fin, haré una reclamación al Ministerio del Interior cuando vuelva.

Pagamos una entrada que nos pareció cara, pero que era de lo que más íbamos a amortizar en el viaje porque aquella ciudad era prohibida sobre todo para los vagos, porque aquella sucesión de puertas, murallas, pagodas y jardines no se acababa nunca. A mí me estaba encantando, era de un estilo al Templo de la Literatura de Hanoi pero multiplicado por 20. Tenía algunas (pocas) partes derruidas (no sé si por la guerra) y enormes extensiones de hierba con un algo en medio que las convertía en jardines. El algo, sino recuerdo mal, eran arbustos podados por E- Dual-Dong Mah Nost-Ihera. Todo un clásico de las podas vietnamitas según la Lonely (requetefestival del humor con solo de gaitas y violines enamorados).

Compramos agua bien fría y empezamos a ver las primeras pagoditas con mucho humor hasta que el sol abrasador, hizo que las neuronas nos empezaran a ebullir al baño maría de ese 95% de humedad que se notaba más que nunca. Nos perdimos por los recintos, deteniéndonos en cada sombra como si la siguiente estuviera a 500 kms. Las botas me estaban escaldando los pies y opté por quitármelas. Una jardinera se partió el culo cuando empecé a andar como Chiquito cuando planté los pies descalzos en el suelo y se me convirtieron en pavo ahumado al contacto con esa pizarra recalentada al sol durante horas. ¡Dios!

Estábamos al borde del colapso, sobre todo Evita Dinamita, que no acaba de averiguar a qué antepasado odiaba más, si a los nuestros por llevarla allí, o a los de los vietnamitas por vivir en ese eterno microondas. 

Encontramos una casita japonesa con una exposición de caligrafía china al lado del jardín de los nenúfares y paramos allí porque había buena sombra y nadie merodeaba cerca. Nos tumbamos e hicimos unas fotos de la podredumbre espiritual que llevábamos. Enfrente encontré una boca de riego donde me empapé entera. Llamé a estos y pasaron de mi vida, aunque pude sentirme fresca los 5 segundos justos que tardó el agua en evaporarse de mi ropa y pelo.

Volvimos al principio. Estaba todo lleno de farolillos porque por las noches hacían un espectáculo de no sé que historias que por cierto costaba un pastizal. En el palacio principal  flipamos, porque podías alquilar un traje de mandarín y princesa chinorris y te hacías fotos de esa guisa, me descojono. 

Atravesamos un campo interior bajo el chispeo de lluvia y llegamos al canal alimentado por el río Perfume, cercano a una de las salidas de la fortaleza. Olía, pero no precisamente a perfume, dios. Huimos de ahí y nos encontramos perdidos, y lo que es peor, con unas reflexiones sobre las distancias completamente ajenas a la realidad.

Queríamos volver a la civilización y tras andar mogollón nos dimos cuenta de que estábamos a tomar por culo y de que prácticamente teníamos que rodear la enorme fortaleza al completo para ir donde queríamos, a un bar recomendado como uno de los mejores de Vietnam. Al menos habíamos bebido y entre eso y la lluvia estábamos más recuperados del calor, pero no de la noche de trineos , con lo cual estábamos cansaditos, pero acabamos encontrando el rumbo y tras pasar por unas tiendas de horrorosa ropa vietnamita encontramos «la venta del sordo».

«La venta del sordo» era el restaurante de un vietnamita muy salao, al que todo el mundo conoce como Mr. Lac. En la Lonely venía ultra recomendado, no sólo porque el tipo era muy gracioso, también porque sus rollitos vietnamitas con salsa de cacahuete, hacían que hasta los venerables antepasados hicieran pedidos a domicilio desde sus tumbas. 

El restaurante era cutre a más no poder, vamos, como todos los de la zona. Un cartel con un dibujo de Mr.Lac anunciaba que estabas en el lugar adecuado y no en ninguna de las imitaciones que había en la calle. 

Unas estrechas y empinadas escaleras te llevaban a la terraza, donde un gran ventilador hacía girar a los clientes allá dónde miraba. Al lado estaban comiendo 2 españoles. Eran una pareja de sosos. Como vimos que era más fácil que el sordomudo nos cantase un villancico (coros incluidos), que ellos nos contaran algo más aparte del “hola”, pasamos de ellos. 

 

Evita Dinamita se iba a convertir en rodaballo por momentos. En la foto, echando branquias

Yo creo que Mr. Lac o era realmente sordo o lo simulaba muy bien, porque pasaba veinte kilos de los clientes. Cuando intentábamos llamarle para pedirle cosas, pasaba olímpicamente. Luego subía con una sonrisa, y le tocaba bajar otra vez a por lo que le habíamos pedido dos horas antes. A lo mejor es que aprovechaba para fortalecer los muslos. En una de esas idas y venidas, aprovechó para enseñarnos unos cuadros que vendía de arte de no se qué que evidentemente no compramos, pero que admiramos delante de él. También nos contó, con dibujos y demás, lo que teníamos que ver en Hué. Lo mejor de todo es que era el primer vietnamita con el que la comunicación era completamente fluida y fácil. Nos entendíamos divinamente, y eso que era sordomudo, ¡tiene cojones!. La comida estaba espectacular. Era un poco más caro que la media, pero merecía la pena. El ventilador hacía que los papeles de arroz con los que hacíamos los rollitos volaran. Así que teníamos que ir dejando los cubiertos encima. Además se humedecían enseguida y te pringabas entero. Todo esto hizo que la comida fuera un poco guarrada pero muy entretenida. Por unos momentos nos olvidamos del terrible calor que hacía fuera del ventilador y disfrutáramos la comida. 

Al acabar, Evita tuvo el capricho de unos creps con chocolate. Cuando nos los trajeron le pedimos más chocolate porque había muy poco. Nos los trajeron directamente del recipiente… una lata tan vieja y oxidada que ya no se leía lo que contenía originalmente (probablemente gas naranja). Tras calcular cuantos años de vida nos iba a hacer restar ese óxido, pedimos la cuenta. El tipo era súper legal. Se nota que confiaba en los benévolos extranjeros que decidían intrépidamente visitar su país. Nos dio un rotulador y un papel (no de arroz, que sino, nos lo hubiéramos comido también) y nos pidió que echáramos nosotros el cálculo de la comida. Salimos felices y satisfechos del restaurante. 

Pared con pared había otro restaurante llamado Mr Lack, un poco más allá Lac Mr, y más allá otro de nombre también similar. Flipamos porque en uno de ellos una tipa empezó a hacerse la muda haciendo señas a Nacho para que entráramos. Como dijo Eva: “Estos vietnamitas falsifican hasta las discapacidades físicas”.

Esa cosa casi transparente que hay al lado de mi teta es el papel de arroz

Echamos a andar por una gran avenida esperando llegar a la pagoda de no sé dónde, que nos había recomendado el sordo, pero encontramos un mercado y cruzamos a verlo, a ver si nos robaban alguna que otra cosa también. El medio país que aún no se había despollado de mí, tuvo su oportunidad, porque tenía una servilleta pegada en el culo, que dejaba ver el obsceno roto de mi pantalón y parecía que me había limpiado mal y que se me había quedado pegado. Cuando recompuse los cachitos de mi dignidad, cruzamos la calle a lo kamikaze y nos metimos en el mercado de vegetales y baratijas. Los mercadillos vietnamitas se distinguen por dos cosas: su colorido, pues los productos vegetales son una preciosidad, y por su repugnante mal olor, una amalgama de pescado seco, cosas podridas y presuntos genitales vietnamitas enemigos del jabón. 

Después de atrofiar nuestra pituitaria en el mercado, atravesamos el puente del río Perfume, a ver si recuperábamos el sentido del olfato. En la otra orilla del río descubrimos que Hué no tenía nada mucho más que ver. Paseamos por de la rivera del río, donde estaban amarrados las barquitos turísticos de colores adornados con cabezas de dragones horteras a más no poder. Allí estaban las terrazas más elegantes de la ciudad. Y como nosotros somos muy elegantes, pese al llevar servilletas pegadas en el culo y que todas las familias congregadas en la rivera no se cortaran un pelo en señalarme con el dedo, por si todavía el google earth no me había localizado, escogimos la terraza más “fina”, para depositar tan afamadas posaderas. Era un chiringuito flotante del que huimos porque vimos dos ratas del tamaño de mi gata. Así que acabamos en otro, que también tenía ratas, pero eso lo descubrimos cuando Eva fue a mear, ya que una rata maleducada pasó a todo correr por delante de ella. 

Nos tomamos algo fresquito mientras el desánimo se apoderaba de todos, menos de mí, que estaba deseando coger un barco infernal de esos y hacer algo más que estar pasando calor en una terraza regentada por una clon vietnamita de Lola Flores que era súper simpática y super maja y que espantó a unos niños delincuentes que vinieron a por nosotros y a un par de ratas que nos hubieran devorado. 

 

Los barcos eran tan feos que se me dislocó una pierna
Nacho se tomó un ron con té de limón con el río Perfume de fondo

Se nos sentó una familia al completo al lado que no paraban de ficharnos y tampoco sabíamos muy bien por qué. Estos mamones me quitaron la idea de irme yo sola en mi barco hortera alegando que lo haríamos el día de vuelta de Hoi An (en ese momento sonaría la risa de Nelson de los Simpson en cualquier paraíso budista donde los antepasados se jugaban al Mahjon nuestro futuro cercano). Estos estaban tan pesimistas que se hubieran dado de cabezazos en el muro de las lamentaciones. Yo me enfurruñé y dejé de respirar. Debido a ello nos fuimos a dar una vuelta por la zona de los hoteles pijazos de la ciudad. Estaba lleno de tienducas para turistas y tenían cosas muy chulas, pero que probablemente en España hubieran dado la impresión de puticlub, por ejemplo los farolillos rojos. Dimos unas vueltecitas más y regresamos al hotel de las mujeres pantallazo. Estábamos cansadísimos y a pesar de que no era muy tarde, nos fuimos a la cama pronto. La carrera de trineos nos había dejado matados y al día siguiente tocaba estar a las 6 en pie para coger el bus a Hoi An.

En ese mismo instante, todos los que se estaban jugando nuestro futuro a los dados vieron que los dados empezaron a calentarse y que se derretían. Los antepasados hubieran muerto si su corazón humano no hubiera estado podrido hacía mucho tiempo. Las bocas de carcamales se quedaron congeladas y se taparon los ojos con sus manos huesudas o se mesaban las perillas manteniendo un rictus de incredulidad total ante lo que estaba sucediendo. Un ratito más tarde, Hué durmió.

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