diario de viaje a vietnam Y CAMBOYA
¡Y yo sin mi agente naranja!
capítulo 11
El bus de la muerte mortal (Hanoi - Hue)
Despertamos, recogemos los bártulos, los llevamos a recepción y salimos zumbando a ver a Ho-chi- minh en un par de ciclotaxis regateados en un pis pas. Hacía un tiempo asqueroso a más no poder y los chinorris nos querían poner una lona por encima para que no nos mojáramos. Pero hacía tanto calor que temimos convertirnos en empanadillas chinas al vapor y dijimos que no. Ahora que lo pienso también podríamos haber salido volando en plan globo aerostático.
Llegamos. La cola daba varias vueltas a todo Hanoi, y para colmo tenías que ir con los hombros tapados y pantalones decentes. Siempre me he preguntado por qué cojones a los muertos y a los dioses les ofende tanto ver unos deliciosos hombros de chica… ¿Será debido a que por su cualidad incorpórea no pueden echarte las garras? Total que o comprábamos Eva y yo unos buenos fulares o no veíamos al fiambre. Y por tocar los cojones le mandamos a hacer gárgaras a él y a todos sus conservantes, y fuimos directamente al museo de Ho-chi-minh a verle en fotos (una imagen vale más que mil fiambres). Durante el camino del mausoleo al museo se puso a llover con toda la furia de un ataque de gas napalm y entramos literalmente chorreando.
El museo, por suerte, costaba 2 perras, porque vaya museo más malo, pero malo, malo, malo. Ocho millones de fotos del tipo con 20 millones de políticos rasgados y diversas cartas y objetos de su vida en plan “el pétalo de flor de loto que se cayó en la selva milenaria de Wan-Mun cuando Ho-chi-minh tramaba planes con la insurgencia”. El infierno, vamos.
Luego había algún que otro objeto que pretendía ser ¿arte?, que era la prueba definitiva de que Buda invirtió en acciones zen en vez de en arte contemporáneo. Y no podía faltar como en todos los museos que reivindican cosas, una mini exposición del Guernica.
Salimos con un hambre asesina, pues no habíamos desayunado, y nos metimos en la falsa franquicia de Mc Donalds de de días antes e hicimos la misma operación de pedir dos millones de platos y varias latas de refrescos.
Los platos orientales sí que eran generosos, pero los occidentales te llegaban en su versión bonsai. Tratamos de apuntar en la agenda el recordar a la ONU que modifique el concepto “guarnición” por “decepción” en la RAV (Real Academia Vietnamita). Nos siguieron amando mogollón y fijo que echarían de menos a tan buenos y fieles clientes.
Entonces salió el sol vietnamita en todo su poder y nos encaminamos al borde de la muerte por deshidratación al Templo de la Literatura (Vietnam, país de contrastes… en una hora pasas de chorrear agua de lluvia a chorrear sudor del calor extremo). Tras pegarnos con una guerrilla coreana en la puerta para comprar los tickets, pasamos a un precio absurdo y tratamos de disfrutar de los jardines, salvando el hecho de que huimos de una cuadrilla de vietnamitas agitanados que vinieron a abrazarnos, pero aún ahora no sabemos si venían a robarnos o es que tenían ese buen rollo, pues abrazaban a todo el mundo. ¡Era la primera chinada que veía desde que había llegado a Vietnam, y nos encantó, demonios! Por fin aparecían esos tejaditos chinos, esos dragones, esas nubes llenas de volutas, esas tumbas llenas de caracteres chinos, esos jardincitos recortados con esos setos redondeados y esos farolillos propios de burdel de Shangai, ¡yuhuuu!
Y empezó la gran epopeya de las fotos con aires chinos y con todo eso que he dicho antes. Había bastantes turistas, y una viet dentro trató de venderme un gong diciéndome que súper barato porque le caía bien. ¡Y los cojones de Confucio, no te jode!. Vaya timo la muy perra, y mira que me dio la brasa, pero ahí se quedó con su sartén musical. Mientras Iker pulverizaba 1 giga de memoria de su cámara, Nacho y Eva iban de ventilador en ventilador como de oca a oca. Yo mientras incordiaba tanto a chinorris como a turistas tocando todo y haciéndome fotos ridículas delante de sus eminencias más ancestrales.
Cuando ya nos pareció bastante, decidimos irnos andando al hotel, y descubrimos una parte que no habíamos visto que era igual que las demás, sólo que había una licorería gigante y una tienda de pajaritos tropicales donde Eva se enamoró de todos. Valoramos el comprar unas jaulita con uno y colgarla de su mochila pero temimos por su seguridad (juas).
Una vez llegados al hotel, teníamos aún un ratillo libre, pero lo primero que hicimos fue ir a recoger nuestros sellos. ¡Eran geniales! Amamos mazo al señor del pijama de rayas aunque nos lo dieron sus mancebos, a los que habíamos visto ahí sentados en la calle currándoselos. Después nos separamos pues cada uno quería comprar una cosa que había visto en tal o cual sitio. Tras decidir definitivamente que ni Eva ni yo nos íbamos a comprar un vestido chino elaborado por gusanos de seda alimentados de azafrán por lo menos, nos fuimos a comer otra vez, ya que temíamos una larga noche en autobús-litera y habíamos “desayunado” sobre las 11 y ya eran las 6. Cogimos una publicidad que nos dieron por la calle y nos comimos un par de hamburguesas que te cagas en una especie de cafetería cerca del hotel. Todo lo llevaban chicas, y eran majas, y comimos a las mil maravillas, y encima, las pobres se equivocaron con las vueltas… a nuestro favor. Nos callamos como putas y nos fuimos, pero luego nos dio cargo de conciencia timar a las únicas que no habían tratado de timarnos a nosotras… pobres.
Nos fuimos a esperar el autobús a la puerta del hotel a la hora convenida, empezó a retrasarse y nosotros a inquietarnos. Llegó otro microbús lleno de catalanes y en 3 minutos les pusimos al corriente de todos los peligros, timos y desgracias que puedes correr en Hanoi. Les metieron corriendo los del hotel que ya nos tenían asco como poco temiendo que les contáramos algo malo de ellos que les hiciera cambiar de idea de donde pernoctar.
Seguimos esperando en tensión ¿perderíamos el autobús? De repente, llega un minibus. Nos encajan de mala manera y con prisas dentro del vehículo que ya venía lleno hasta los topes. Al final conseguimos vencer las leyes de la física y convertirnos en una masa uniforme compuesta por mochilas y guiris desconcertados. Vamos pilladísimos de tiempo, temiéndonos no llegar a tiempo a la estación, lo que supondría una noche más en Hanoi, nuestra depresión crónica y un nuevo genocidio vietnamita por gas naranja.
Pero no llegaríamos nunca a la estación, porque no había estación. De repente, en medio de una especie de autovía se para la minibus y nos sacan con prisas, y con más prisas nos señalan que nos subamos al autobús grande que está aparcado en el arcén. Viendo que nuestras mochilas estaban tiradas en la carretera y que ahí parecía que se iban a quedar, porque las bodegas estaban llenas, decidimos no subir hasta ver con nuestros propios ojos que también subían ellas. El autobús no tenía asientos, sino una especie de camas muy pequeñas y estrechas, que parecían un trineo, en tres hileras separadas por dos pasillos. Parecía uno de esos coches de los payasos, porque no paraba de subir gente y eso que hacía rato que se veía completo. E voilà! Cuando subimos nosotros, pobres desgraciados, sólo quedan tres trineos delante del todo… pero somos cuatro. Además, somos golpeados por un intenso olor «ambipur pies sudados» como Ágata Christie habría sido golpeada por la certeza de que no íbamos a pasar la mejor noche de nuestra vida.
A la vietnamita encargada de los tickets parece que sí le cuadran las cuentas y a gritos y empujones me obliga a ir al fondo. Pero yo le grito que no hay sitio, y la tía dale. Los guiris nos miran desconcertados. La posibilidad de pasar en el suelo las 17 horas de viaje, además de inaceptable, tampoco era posible. Los dos pasillos están llenos de chinos tumbados en el suelo en cojincitos de estos de poner en las sillas del mobiliario de jardín. Varios juntos hacen una especie de colchoncito que habría hecho feliz al mismísimo Dalai Lama. Así que Iker, esquivando cabezas chinas, intenta encontrar un sitio donde estirar su casi metro noventa de vascazo en chanclas sin éxito, con lo que empezamos a cabrearnos, y a pensar a ver que una vez más nos iba a tocar permanecer en Hanoi y montar el pollo en el hotel. Pero no.
De repente, una vieja empieza a gritarle al conductor. Y la de los tickets también grita. Y a la vieja gritona la mandan al puto suelo, y a otro montón de chinos listillos. Y yo bien que me alegro. Que si han vendido tickets de más no es nuestra culpa, y menos cuando sabemos que hemos pagado un 400% más por el ticket que esos cabrones. Así que otra pobre guiri que se había quedado de pie también se sube, más contenta que unas pascuas, a su trineíto. E Iker, en su trineo a ras del suelo tiene que sacar las piernas por ambos lados plantándole sus quesos vascos en la jeta a los chinos de los dos pasillos.
La visión era la siguiente: Los guiris ocupando los trineos y los chinescos en el suelo oliéndoles los pinreles. Me sentí resarcida, por fin, de tantos sufrimientos. Pero nuevos infiernos estaban a punto de empezar. Lo que se avecinaba como una noche tranquila en trineo, iba a ser una de las noches más estresantes y peligrosas de nuestras vidas.

Rodeado de vietnamitas cabreados, Nacho trata de olvidarse de esa parte en concreto del mundo leyendo “The life of Pi”, con una cara de ajo que hubiera espantado al mismísimo Fumanchú. Nosotros, mientras, despollados de la situación, empezamos a hacernos fotos en los trineos mientras una vietnamita trataba de escaparse a nuestros flashes para ser devorada por el hospital de pulgas que era la manta.
Estamos en primera fila, es decir, asientos de palco para la mega bronca que se avecinaba. Sube un tipo flaquín aleatorio con gorra ochentera. Es el conductor relevo, todo un alivio porque nos habían contado que los conductores de autobuses vietnamitas tienen la costumbre de echarse un sueñecito mientras conducen, y es que claro, con esos ojos que tienen ¡como para saber si se están durmiendo! Pero no, ahí no iba a dormirse nadie. De repente, se monta la de diox. El conductor en el banquillo, al encontrarse sin trineo donde descansar sus huesos, se caga en San Pito Pato pegando unos gritos tremendos para no perder las buenas costumbres vietnamitas. Bueno, al menos es eso lo que nos imaginamos. Pero tal como se ha puesto más bien parece que es que el otro se había follao a su mujer: «Encima de cablón pongo el tlineo», debía exclamar.
En 5 segundos, todos los que habían nacido dentro de los límites de la malaria se ponen a gritar a la vez. Y nosotros flipando. Nos miramos despollados y preocupados a la vez, porque parece que definitivamente no vamos a salir de Hanoi y que nos van a dar de hostias o, lo que es peor, que se amotinaran y nos echaran a los guiris del bus. Y es que ya se sabe que en medio de una pelea siempre cae alguna torta. La vieja gritona que mandaron al suelo no pierde la oportunidad de volver a mostrar su capacidad torácica regalándonos más y más gritos. Entonces empezamos a pensar que no vamos a salir nunca de allí y que se van a liar a hostias en cualquier momento. A todo esto, la de los tickets desaparece de escena después de hacer callar a los chinos del suelo que protestaban con algo que debió ser algo así como un “os jodéis y punto” o al menos, así sonó. Lo curioso de la situación es que todos los de ojos rasgados los tenían cada vez más rasgados y los occidentales cada vez los teníamos más abiertos.
De repente, el conductor pone en marcha el autobús y pisa a fondo el acelerador. Todo el mundo respira tranquilo y trata de ponerse cómodo a pesar de que el relevo seguía con su cantinela ininterrumpida de voces que iban de los fandangos, a las malagueñas. Y a una velocidad de vértigo, donde los frenazos, los bocinazos y los gritos no cesan, salimos de Hanoi, mientras el conductor y el colega siguen intercambiando insultos.
El conductor, muy atento, apaga las luces para que durmamos. Los trineos eran relativamente cómodos, a pesar de sentirte como en un paquete de chocolatinas Mars, pero entre los berridos de uno, del otro, los pitidos de todo el tráfico motorizado de Viet Nam, los frenazos y el tintineo de la campanilla de Caronte haciéndonos creer que no íbamos a pasar de esa noche, cada vez que levantábamos la cabecita y mirábamos hacia delante… uff.
Evita se pone el mp3 para intentar aislarse de aquella situación surrealista, asumiendo con resignación que el destino hiciera lo que tuviera que hacer. Pero en realidad se ve ya cruzando la laguna Estigia a bordo de un autobús vietnamita desenfrenado. Nacho e Iker deciden dejar sus dibujos y lecturas para más grato e iluminado momento.
Me incorporo un momento y veo un camión de frente, 200 motos de frente, 3 camiones de frente adelantándose los unos a los otros y… un accidente, pero de camión volcado, nada de medias tintas! Flipo, con los pelos de punta. Me aseguro de que todos, en especial Eva, que está en plena plataforma de despegue en caso de accidente, tenemos puesto el cinturón y estamos bien embutidos en nuestros trineos que casi apuntan a sarcófagos, según iba ese autobús de rápido en esa carretera de infarto.
Entonces el tono de voz del conductor relevo, se eleva, se eleva, se eleva y… el conductor da un volantazo y para el autobús en seco en el arcén. Nos abalanzamos hacia delante dando un grito por el frenazo. Fijo que más de uno de los chinos del pasillo se comieron los pies del de delante. ¡Qué susto, diox! El conductor artífice del frenazo más salvaje a este lado del Mekong se lía a berridos de todos los colores con el otro, que también le replica in crescendo. Nosotros flipamos, nos despollamos, estamos reviviendo el surrealismo de la noche de Sapa.
Cuando parece que van a solucionarlo a hostias el tipo de la gorra llama por el móvil y le deben de decir la combinación ganadora de la Loto vietcong, porque en pleno delirio contorsionista, se queda dormido en un mini colchón que no se sabe muy bien de donde lo sacó y que pone en un mini reducto que había entre la palanca de cambios y el freno de mano.
A la hora de viaje, el volumen de vehículos disminuyó con la consiguiente ausencia de bocinazos y el aumento de posibilidades de echarte un sueñecito. Pero la velocidad sigue siendo brutal. Estos llevaban horas roncando mientras yo preferí dejarme llevar por el pánico y tener los ojos como las lechuzas mientras escuchaba mis trompetas bosnias de mi queridísimo Goran Brégovich en el mp3.
En esto que Evita me dice que se mea. ¡Demonios, yo llevaba un rato pensándolo, y si ya éramos dos, excusa de sobra para levantarnos y así pisar unas cuantas cabezas a nuestro paso! El caso es que en un viaje de 17 horas pasamos unas cuantas esperando una parada, pero no tenía pinta de que fuera a suceder. Evita, aunque se las dé de mala, me puso mil pegas para levantarse: “¡Cómo vamos a despertar a toda esta gente?”. Así que fuimos haciendo rappel por las literas cual Spiderman en Manhattan, y aunque pusimos todo nuestro cuidado, sí que dimos algunas coces. De repente, una mano agarra mi brazo… ¡puto Iker! Al vernos, se antojó también, y nos echamos unas risas por lo bajo de la situación en la puerta del baño, que por cierto era placa turca, donde todos nos mojamos los calcetines. No os hemos dicho que no se podía subir al autobús con zapatos, de ahí el intenso olor a cabrales. Eva llevaba unos «patucos» que nos regalaron los de la Turkish Airlines que ríete de la balleta vileda. Aquello absorbió todos los meados que daba gusto, cosa que aparte de asco, nos provocó también más hilaridad. Volvimos a nuestros puestos pisando las colchonetitas de los chinorris con nuestos calcetines llenos de meos y tratamos de dormir.
A mitad de la noche me desperté porque unos viets con muchos fardos habían llegado a su destino. Después me volví a dormir, aunque esta escena se repitió un par de veces más en la noche, hasta que las luces nos despertaron a las 5 y pico de la mañana, ya amaneciendo, para ver si nos queríamos tomar un café en el bar de carretera donde paró. Ni Eva ni yo nos movimos, pero nuestros campeones salieron, ya que no habían cenado timando a las vietnamitas como nosotras. Nada más bajar ven como una furgoneta arrolla a una moto con 2 personas. Los dos de la moto se levantan después del coscorrón, así que no fue para tanto, aunque a Ancho y a Liken se les heló la sangre. Tela marinera como anda el viet-patio.
Un par de horas más tarde, nos despertaron a luces y gritos. Estábamos en Hué, contra todo pronóstico….¡¡¡vivos!!!